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Educación emocional y competencias básicas para la vida
Agradecemos la colaboración del autor con el
presente trabajo
Rafael Bisquerra Alzina
Rafael
Bisquerra es coordinador del GROP (Grup de Recerca en Orientació
Psicopedagògica) en el Departamento MIDE de la Universidad de
Barcelona. E-MAIL grop@ub.edu
Trabajo publicado en :
Bisquerra, R. (2003). Educación emocional y competencias básicas para
la vida. Revista de Investigación Educativa (RIE), 21, 1, 7-43.
Resumen
La educación emocional es una innovación educativa que
responde a necesidades sociales no atendidas en las materias
académicas ordinarias. La fundamentación está en el concepto de
emoción, teorías de la emoción, la neurociencia, la
psiconeuroinmunología, la teoría de las inteligencias múltiples, la
inteligencia emocional, el fluir, los movimientos de renovación
pedagógica, la educación psicológica, la educación para la salud, las
habilidades sociales, las investigaciones sobre el bienestar
subjetivo, etc. Como ejemplo de marco teórico se expone la teoríia de
la inversión. El objetivo de la educación emocional es el desarrollo
de competencias emocionales: conciencia emocional, regulación
emocional, autogestión, inteligencia interpersonal, habilidades de
vida y bienestar. La práctica de la educación emocional implica
diseñar programas fundamentados en un marco teórico, que para
llevarlos a la práctica hay que contar con profesorado debidamente
preparado; para apoyar la labor del profesorado se necesitan
materiales curriculares; para evaluar los programas se necesitan
instrumentos de recogida de datos, etc. Este artículo se enmarca en
los trabajos del GROP (Grup de Recerca en Orientació Psicopedagògica)
del Departamento MIDE de la Universidad de Barcelona.
Palabras clave: educación
emocional, inteligencia emocional, inteligencias múltiples,
competencias básicas, emoción, conciencia emocional, regulación
emocional, teoría de la inversión.
Emotional
education is an educational innovation which has as an objective to
answer to the social needs not attended into ordinary education. The
foundations of emotional education can be found in the concept of
emotion, theories of emotion, neuroscience, psychoneuroimmunology,
multiple intelligence theory, emotional intelligence, flow,
progressive education movement, psychological education, health
education, social skills, subjective well-being, etc. As an example of
theory we present the reversal theory. The objective of emotiona
education is the development of emotional competence: emotional
conscience, emotional regulation, selfmanagement, interpersonal
intelligence, life skills and subjective well-being. The practice of
emotional education implies the design of programs based on a theory,
with the training of the teachers who will implement them; we need
curricular materials to support the teacher task; to evaluate the
programs we need instruments and strategies, etc. This article is the
result of the work of the GROP (Grupo de Recerca en Orientació
Psicopedagògica) of the Department MIDE of the University of
Barcelona.
Key words: emotional
education, social and emotional learnning, emotional intelligence,
multiple intelligences, key competencies, emotion, emotional
conscience, reversal theory.
Introducción
La educación emocional es una innovación educativa que
se justifica en las necesidades sociales. La finalidad es el
desarrollo de competencias emocionales que contribuyan a un mejor
bienestar personal y social. Para ello se requieren una serie de
condiciones interrelacionadas: en primer lugar diseñar programas
fundamentados en un marco teórico; para llevarlos a la práctica hay
que contar con profesorado debidamente preparado; para apoyar la labor
del profesorado se necesitan materiales curriculares; para evaluar los
programas se necesitan instrumentos de recogida de datos, etc.
La palabra clave de la educación emocional es emoción.
Por tanto, es procedente una fundamentación en base al marco
conceptual de las emociones y a las teorías de las emociones. Lo cual
nos lleva al constructo de la inteligencia emocional en un marco de
inteligencias múltiples. De ahí se pasa al constructo de competencia
emocional como factor esencial para la prevención y el desarrollo
personal y social.
El desarrollo de la competencia emocional, considerada
como una competencia básica para la vida, desemboca en la educación
emocional. Hay que definir objetivos, asignar contenidos, planificar
actividades, estrategias de intervención, etc., para poder diseñar
programas de intervención que van a ser experimentados y evaluados.
La evaluación de
programas de educación emocional es un aspecto clave para pasar de la
intervención a la investigación. La novedad del tema obliga a
construir instrumentos y proponer estrategias de evaluación en
educación emocional. Estos instrumentos van a ser utilizados en la
evaluación de las competencias emocionales y también en la evaluación
de programas. Se procura aplicar una complementariedad metodológica
entre técnicas cuantitativas y cualitativas.
Con la exposición que sigue se pretende desarrollar un
marco programático de investigación en el seno del GROP, que se inició
remotamente en 1993 y con más intensidad a partir de 1997, y que se
proyecta hacia el futuro a juzgar por las últimas publicaciones sobre
el tema (Bar-On y Parker, 2000; Cohen, 1999; Elias, Tobias y
Friedlander, 1999, 2000; Elias et al. 1997; Goleman, 1995, 1999;
Salovey y Sluyter, 1997, y un largo etcétera).
La educación emocional pretende dar respuesta a un
conjunto de necesidades sociales que no quedan suficientemente
atendidas en la educación formal. Existen múltiples argumentos para
justificarla. Así, por ejemplo, un sector creciente de la juventud se
implica en comportamientos de riesgo, que en el fondo suponen un
desequilibrio emocional, lo cual requiere la adquisición de
competencias básicas para la vida de cara a la prevención.
Datos sobre los problemas derivados de baja
autoestima, depresión, estrés, violencia, delincuencia, anorexia,
sida, suicidio, consumo de drogas, conducta sexual no protegida, etc.,
pueden encontrarse en el Youth Risk Behavior Surveillance System (
YRBSS) patrocinado por United States Centers for Disease Control and
Prevention (2003); también Dryfoos (1997), Sells y Blum (1996), Walker
y Towsend (1998) y otros, aportan evidencia de los comportamientos de
riesgo. Algunos de estos datos se comentan a continuación.
Prevalencia de comportamientos problemáticos
Violencia.- En 2003 se registraron 1.600.000 muertes
violentas en el mundo. El suicidio es la principal causa con más del
50 % (unos 815.000). Le siguen los homicidios con un 31 % (unos
500.000) y los conflictos bélicos con un 19 % (unos 300.000). En
España se cometieron 1234 asesinatos en 2001. Más de un tercio de los
adolescentes se han visto implicados en una lucha física en el último
año. La violencia doméstica es la segunda preocupación política,
después del terrorismo. Durante el año 2000 en España fueron atendidas
por malos tratos 59.527 mujeres y 65 fueron asesinadas por sus parejas
o ex-parejas.
Depresión.- Un 5 % de los jóvenes pasan por estados
depresivos. Durante 1998 se consumieron en España casi 60 millones de
envases de tranquilizantes (incluyendo antidepresivos, sedantes,
tranquilizantes, psicoestimulantes y neurolépticos), por un importe
total de 89.472 millones de pesetas; de ellos, doce millones de
envases eran antidepresivos, por un importe de 47.744 millones de
pesetas (datos del El País, 21-9-99: 38). La venta de antidepresivos
se ha triplicado en diez años. Como se sabe, el Prozac no solo
es el antidepresivo más recetado sino que es, probablemente, uno de
los medicamentos más consumidos en todo el mundo. En Estados Unidos
fue el medicamento más vendido en 1996. Solo en Cataluña, la Seguridad
Social pagó durante 1996 la cantidad de 2.065 millones en Prozac.
Se estima que más de treinta millones de personas lo han consumido en
el mundo. En 1998, las ventas se acercaron a 8.000 millones en España,
donde más de siete millones de personas consumen antidepresivos. Este
fenómeno a llevado a Marinoff (2000) a escribir Más Platón y menos
Prozac. Se estima que a lo largo del siglo XXI un 25 % de las
personas pasará por estados de depresión. Las investigaciones sugieren
una correlación entre depresión, déficit en habilidades sociales,
desesperanza, falta de asertividad y baja autoestima.
Suicidio.-El 20 % de los jóvenes han contemplado la
posibilidad de suicidarse. Ha aumentado en un 50 % el número de
suicidios entre los menores de 25 años en los últimos 10 años. En
España se suicidan cada año unos 100 adolescentes. Un grado elevado de
satisfacción con la vida en general y una ganas de vivir son la mejor
prevención contra el suicidio. El riesgo de suicidio emerge cuando el
balance de felicidad arroja un saldo negativo.
Consumo de drogas.- Los datos sobre consumo de drogas
son abundantes y de dominio público, por tanto no vamos a extendernos
en ellos. Recordemos solamente que más de la mitad de los adolescentes
han consumido alcohol en el último mes, a pesar de estar prohibido.
Co-ocurrrencia de comportamientos problemáticos
Los comportamientos de riesgo rara vez se dan aislados
(Graczyk et al., 2000: 393; Jessor, 1993). Se da una co-ocurrencia de
comportamientos problemáticos. Dryfoos (1997) lo denomina “paquetes”
de comportamientos desadaptativos. Por ejemplo, del 28 % de
estudiantes de secundaria que se implican en conducta antisocial, el
37 % fuman, el 54 % consumen alcohol, el 72 % informan que son
sexualmente activos y el 34 % indican estar pasando por estados
depresivos o haber considerado el suicidio. Un 30 % de los jóvenes
entre 14-17 años se implican en comportamientos de multi-riesgo.
Hurrelmann (1997) señala como el estrés en la adolescencia
correlaciona con el fracaso escolar, conducta social desviada,
delincuencia, integración en grupos de iguales desviados, consumo de
drogas y baja autoestima. Como se podría esperar, cuanto más elevada
sea la cantidad de co-ocurrencia de comportamientos problemáticos,
menor es el resultado en indicadores de ajuste. La presión del grupo
puede causar excesos, si la escuela, la familia y la comunidad fallan
en potenciar el desarrollo de comportamientos saludables. Hay
evidencia de que las competencias emocionales constituyen un factor
importante de prevención.
Factores de riesgo y factores protectores
En los últimos treinta años la investigación
psicopedagógica ha prestado atención a los factores de riesgo.
Recientemente los estudios se centran también en los factores
protectores (Graczyk et al., 2000). Se ha pasado la
patogénesis a la salutogénesis. Tres hallazgos importantes
en este sentido son: 1) Rara vez un factor específico de riesgo incide
en un único comportamiento desajustado; más bien son múltiples formas
de comportamiento desajustado las que se asocian con un mismo factor
de riesgo. Este hecho explica, en parte, los elevados índices de co-ocurrencia
de comportamientos problemáticos. 2) Cualquier forma de desajuste se
asocia con múltiples factores de riesgo; 3) Hay un conjunto de
factores protectores que aparece relacionado con la disminución de
múltiples formas de desajuste.
Los factores de riesgo se pueden agrupar en cinco
categorías: individuo, familia, grupo de iguales, escuela y comunidad.
Los relacionados con las características individuales incluyen
discapacidades constitucionales (físicas o genéticas), retrasos en el
desarrollo, dificultades emocionales y comportamientos problemáticos
precoces. Los factores familiares incluyen psicopatologías familiares,
tensión marital, conflictos entre miembros de la familia,
desorganización en la estructura familiar, estatus socio-económico
bajo, familia numerosa, alta movilidad, lazos inseguros con los
padres, supervisión inapropiada, severidad e inconsistencia de los
padres. Interacciones problemáticas con los iguales que conducen a
comportamientos de riesgo incluyen el rechazo de los compañeros,
presión negativa del grupo y modelos negativos de los iguales.
Factores de riesgo en la escuela incluyen la asistencia a escuelas
ineficaces, fracaso escolar y descontento. Características de la
comunidad que sitúan al joven en situación de riesgo son:
desorganización social, delincuencia, accesibilidad a armas, desempleo
y disponibilidad limitada de recursos.
De los factores protectores poco se sabe todavía. La
información disponible indica que hay dos categorías de factores
protectores: personales y ambientales (Coie et al., 1993; Doll y Lyon,
1998; Dryfoos, 1997; Durlack, 1998; Graczyk et al., 2000). Las
características personales del joven que sirven de factores
preventivos son: competencias sociales y emocionales (habilidades
sociales, disposición favorable, habilidades de solución de problemas
sociales, autoeficacia, autoestima, habilidades de comunicación
efectiva y aspiraciones elevadas). Los factores ambientales que
aportan un contexto de apoyo y favorecen el desarrollo social y
emocional del joven son: compromiso fuerte con al menos un adulto,
comportamiento apropiado de los padres, implicación en organizaciones
constructivas, actividades sociales y acceso a buenas escuelas.
Implicaciones para la práctica
Estos datos evidencian la necesidad de abordar una
prevención inespecífica que incida en situaciones múltiples
(conflictos, violencia, consumo de drogas, estrés, depresión, etc.)
Por otra parte, además de prevenir, es importante construir
bienestar. Hay evidencia de que los jóvenes que experimentan un
mayor bienestar personal (sentirse competentes y apoyados) es menos
probable que se impliquen en comportamientos de riesgo, y al mismo
tiempo es más probable que procuren mantener buena salud, tener buen
rendimiento académico, cuidar de sí mismos y de los demás, superar
adversidades, etc. (Scales y Leffert, 1999).
La
identificación de los factores de riesgo y de los factores protectores
tiene importantes implicaciones para la educación emocional: 1) el
marco teórico para la prevención efectiva y el desarrollo de
competencias socio-emocionales debe centrarse en la disminución de los
factores de riesgo y en la potenciación de los factores protectores.
2) de esta forma, un mismo programa puede incidir en múltiples
aspectos, y no limitarse a un solo comportamiento problemático
(violencia, consumo de drogas, sida, etc.). 3) La prevención efectiva
y el desarrollo de competencias emocionales debería incluir
intervenciones centradas no solo en el individuo, sino también en los
múltiples contextos en los que interviene (familia, iguales, escuela,
comunidad). 4) Las competencias socio-emocionales son factores
protectores para una variedad de comportamientos ajustados y su
desarrollo debe enfocarse en programas comprensivos.
Se
puede afirmar que muchos de los problemas que afectan a la sociedad
actual (consumo de drogas, violencia, prejuicios étnicos, etc.) tienen
un fondo emocional. Se requieren cambios en la respuesta emocional que
damos a los acontecimientos para prevenir ciertos comportamientos de
riesgo. Una respuesta a esta problemática puede ser la educación
emocional. Múltiples voces se han manifestado en este sentido (Consortium
on the School-Based Promotion of Social Competence, 1994; Graczyk,
Weissberg, Payton, Elias, Greenberg y Zins, 2000; Weissberg, Caplan y
Sivo, 1989; Weisberg y Greenberg, 1998, etc.). La educación
emocional deriva del concepto de emoción y sus implicaciones.
Para poder hablar de educación emocional necesitamos
saber qué es una emoción y que implicaciones para la práctica se
derivan de este concepto.
Una emoción se produce de la siguiente forma: 1) Unas
informaciones sensoriales llegan a los centros emocionales del
cerebro. 2) Como consecuencia se produce una respuesta
neurofisiológica. 3) El neocortex interpreta la información.
De acuerdo con este mecanismo, en general hay bastante
acuerdo en considerar que una emoción es un estado complejo del
organismo caracterizado por una excitación o perturbación que
predispone a una respuesta organizada. Las emociones se generan como
respuesta a un acontecimiento externo o interno. En síntesis, el
proceso de la vivencia emocional se puede esquematizar así:
Figura
1.- Concepto de emoción
El proceso de valoración puede tener
varias fases. Según Lazarus (1991b) hay una valoración primaria sobre
la relevancia del evento: ¿es positivo o negativo para el logro de
nuestros objetivos? En una evaluación secundaria se consideran los
recursos personales para poder afrontarlo: ¿estoy en condiciones de
hacer frente a esta situación?
Gran parte de lo que el cerebro realiza cuando se produce
una emoción sucede independientemente del conocimiento consciente; se
realiza de forma automática. Conviene insistir
en que la mayoría de emociones se generan inconscientemente. También
es útil distinguir entre reacciones emocionales innatas y
acciones emocionales voluntarias. Las respuestas de evitación se
encuentran a mitad de camino entre ambas (LeDoux, 1999: 293). Cuando
hablamos de las acciones emocionales voluntarias nos referimos a los
sentimientos (LeDoux, 1999: 300). Estado de ánimo se refiere a un
estado emocional mantenido durante semanas o más tiempo. Coincidimos
con Frijda (1994) al afirmar que las emociones nos dicen qué hechos
son verdaderamente importantes para nuestra vida.
Hay tres componentes en una emoción: neurofisiológico,
conductual, cognitiva. La neurofisiológica se manifiesta en
respuestas como taquicardia, sudoración, vasoconstricción,
hipertensión, tono muscular, rubor, sequedad en la boca, cambios en
los neurotransmisores, secreciones hormonales, respiración, etc. Todo
esto son respuestas involuntarias, que el sujeto no puede controlar.
Sin embargo se pueden prevenir mediante técnicas apropiadas como la
relajación. Como consecuencia de emociones intensas y frecuentes se
pueden producir problemas de salud (taquicardia, hipertensión, ulcera,
etc.). Por eso, la prevención de los efectos nocivos de las emociones
en el marco de la educación emocional se puede entender como un
aspecto de la educación para la salud.
La observación del comportamiento de un individuo
permite inferir qué tipo de emociones está experimentando. Las
expresiones faciales, el lenguaje no verbal, el tono de voz, volumen,
ritmo, movimientos del cuerpo, etc., aportan señales de bastante
precisión sobre el estado emocional. Esta componente puede intentar
disimularse. Por ejemplo, las expresiones faciales surgen de la
actividad combinada de unos 23 músculos, que conectan directamente con
los centros de procesamiento de las emociones, lo que hace que el
control voluntario no sea fácil; aunque, siempre es posible "engañar"
a un potencial observador. Aprender a regular la expresión emocional
se considera un indicador de madurez y equilibrio que tiene efectos
positivos sobre las relaciones interpersonales.
La componente cognitiva o vivencia subjetiva es lo
que a veces se denomina sentimiento. Sentimos miedo, angustia,
rabia y muchas otras emociones. Para distinguir entre la componente
neurofisiológica y la cognitiva, a veces se emplea el término
emoción, en sentido restrictivo, para describir el estado corporal
(es decir, el estado emocional) y se reserva el término sentimiento
para aludir a la sensación consciente (cognitiva). La componente
cognitiva hace que califiquemos un estado emocional y le demos un
nombre. El etiquetado de las emociones está limitado por el dominio
del lenguaje. Dado que la introspección a veces es el único método
para llegar al conocimiento de las emociones de los demás, las
limitaciones del lenguaje imponen serias restricciones a este
conocimiento. Pero al mismo tiempo dificulta la toma de conciencia de
las propias emociones. Estos déficits provocan la sensación de "no sé
que me pasa". Lo cual puede tener efectos negativos sobre la persona.
De ahí la importancia de una educación emocional encaminada, entre
otros aspectos, a un mejor conocimiento de las propias emociones y del
dominio del vocabulario emocional.
Es interesante relacionar estos tres componentes con la
clasificación de objetivos didácticos. Si bien lo observamos veremos
un paralelismo entre: a) “Hechos, conceptos y sistemas conceptuales”
con la dimensión cognitiva; b) “Procedimientos” con el comportamiento;
c) “Actitudes, valores y normas” con respecto a la dimensión
emocional.
La investigación sobre la inteligencia probablemente se
inicia con los estudios de Broca (1824-1880), que estuvo interesado en
medir el cráneo humano y sus características, y por otra parte
descubrió la localización del área del lenguaje en el cerebro. Al
mismo tiempo, Galton (1822-1911) bajo la influencia de Darwin,
realizaba sus investigaciones sobre los genios, donde aplicaba la
campana de Gauss. También en esta época Wundt (1832-1920) estudiaba
los procesos mentales mediante la introspección. Pero es a partir de
Binet cuando se habla de la medición de la inteligencia cuyos efectos
sobre la educación son imponderables. Es en 1905 cuando Binet
(1857-1911) elabora el primer test de inteligencia, a partir de una
demanda del Ministerio de Educación francés, con objeto de identificar
a los sujetos que podían seguir una escolaridad ordinaria y
distinguirlos de los que requerían educación especial. Posteriormente,
en 1912, Stern introduce el término de CI (Coeficiente Intelectual)
que tendrá una gran aceptación y difusión. En 1908 se traduce el test
de Binet-Simon al inglés; pero no empieza a ser difundida hasta la
versión de 1916, conocida como Stanford-Binet, bajo la dirección de L.
Terman. Esta prueba fue utilizada en la Primera Guerra Mundial para
examinar a más de un millón de reclutas americanos, lo cual contribuyó
a su difusión y general conocimiento. Sucesivas revisiones en 1937 y
1960, dotaron a este instrumento de una consistencia que lo hizo
mundialmente famoso; el concepto de CI pasó a ser conocido por el gran
público. Cattell (1860-1944) difundió los tests de inteligencia por
Estados Unidos, con la idea de que eran buenos predictores del
rendimiento académico.
Más tarde, Spearman (1863-1945) y Thurstone
(1887-1955) aplicaron el análisis factorial al estudio de la
inteligencia. Este último, a partir del factor g extrajo siete
habilidades mentales primarias (comprensión verbal, fluidez verbal,
capacidad para el cálculo, rapidez perceptiva, representación
espacial, memoria y razonamiento inductivo) que, en cierta forma, se
puede considerar como un antecedente remoto de las inteligencias
múltiples (IM) de Gardner (1983). Otro antecedente de las IM es
Guilford, que en 1950 presentó sus trabajos sobre estructura de la
inteligencia, que abrieron la puerta al estudio de la creatividad y al
pensamiento divergente.
Muchos modelos posteriores se han propuesto para describir
el constructo de inteligencia y sus factores. Entre ellos cabe
destacar a los continuadores del enfoque factorial-analítico, ya sean
monistas (Jensen, Eysenck, Anderson) o pluralistas (Horn, Ackerman);
las teorías del aprendizaje (Schank, Snow, Butterfiel, Brown, Campione,
Perkins); las teorías del procesamiento de la información (Carroll,
Hunt, Stenberg, Shore, Dover); las teorías del desarrollo cognitivo (Piaget,
Arlin, Flavell, Case, Ziegler, Li), etc. (Prieto y Ferrandiz, 2001:
15-38), etc. La discusión sobre el constructo de inteligencia sigue
abierta. Aportaciones recientes se han referido a la inteligencia
académica, inteligencia práctica, inteligencia exitosa, inteligencia
social, inteligencias múltiples, inteligencia emocional, etc. Las tres
últimas revisten una particular importancia por el tema que nos ocupa.
Del marco teórico de la inteligencia social deriva el
desarrollo de habilidades sociales (Zirkel, 2000). La competencia
social es importante en múltiples situaciones: escuela, familia,
trabajo, sociedad, etc. El desarrollo de habilidades sociales ya tiene
una larga tradición; buenos ejemplos son los trabajos de Goldstein et
al. (1989), Monjas (1993), Paula Pérez (2000) y muchos otros. Para una
panorámica del estado de la cuestión, donde se revisa la efectividad
de más de 700 programas véase Topping, Holmes y Bremmer (2000).
Recientemente han aparecido páginas web donde se ofrecen recursos (por
ejemplo: http://ericir.syr.edu) y enlaces con otras páginas.
Howard Gardner pone en cuestión el CI, que se ajusta a la
"escuela uniforme", y como alternativa propone la teoría de las
inteligencias múltiples. H. Gardner, de la Universidad de Harvard,
realizó entre 1979 y 1983 un estudio sobre la naturaleza del potencial
humano y su realización, cuya culminación fue la publicación de la
obra Frames of mind. Esta obra tuvo escaso eco en el mundo de
la psicología, sin embargo provocó un gran revuelo entre los
profesionales de la educación. En 1993 publicó Multiple
intelligences. The theory in practice, cuya traducción al
castellano ve la luz en 1995. En esta obra se expone de manera
sistemática la teoría de las inteligencias múltiples, preguntas y
respuestas que han ido surgiendo a lo largo de estos diez años, la
educación de las inteligencias múltiples, su evaluación y lo que puede
ser la escuela del futuro, centrada en la atención a la diversidad. En
esta obra Gardner (1995) distingue siete inteligencias: musical,
cinético-corporal, lógico-matemática, lingüística, espacial,
interpersonal e intrapersonal. Posteriormente Gardner (2001) añade dos
más: inteligencia existencial e inteligencia naturalista. La
inteligencia naturalista se refiere a la conciencia ecológica que
permite la conservación del entorno; la existencial es la que
utilizamos cuando nos formulamos preguntas sobre el sentido de la
vida, el más allá, etc. Incluso sugiere la posibilidad de otras
inteligencias.
De todas estas inteligencias, son la inteligencia
interpersonal y la
intrapersonal las que nos interesan particularmente, ya que son las
que tienen que ver con la inteligencia emocional. En cierta forma, la
inteligencia emocional está formada por estas dos inteligencias. En
otro orden de cosas, la inteligencia interpersonal tiende a coincidir
con lo que otros autores han denominado inteligencia social (Zirkel,
2000, Topping, Bremmer y Holmes, 2000; Topping, Holmes y Bremmer,
2000; Cherniss, 2000, etc.). Mientras que la inteligencia
intrapersonal tiende a coincidir con la inteligencia personal (Sternberg,
2000; Hedlund y Sternberg, 2000).
Los antecedentes de la inteligencia emocional tienen que
rastrearse en las obras que se ocupan de la inteligencia y de la
emoción. Estos son los dos componentes básicos de inteligencia
emocional, que como descriptor se está utilizando solamente a
partir de la segunda mitad de la década de los noventa.
Por lo que respecta a los antecedentes centrados en la
inteligencia, nos hemos referido a ellos en los apartados anteriores.
A continuación vamos a referirnos preferentemente a los antecedentes
centrados en la emoción. Como antecedentes están los enfoques del
counseling que han puesto un énfasis en las emociones.
Particularmente la psicología humanista, con Gordon Allport, Abraham
Maslow y Carl Rogers, que a partir de mediados del siglo XX ponen un
énfasis especial en la emoción. Después vendrán la psicoterapia
racional-emotiva de Albert Ellis y muchos otros, que adoptan un
modelo de counseling y psicoterapia que toma la emoción del
cliente hic et nunc como centro de atención. Este enfoque
defensa que cada persona tiene la necesidad de sentirse bien consigo
misma, experimentar las propias emociones y crecer emocionalmente.
Cuando se ponen barreras a este objetivo básico pueden derivarse
comportamientos desviados. Taylor et al. (1997) al ocuparse de los
desórdenes afectivos hacen referencia a algunos aspectos históricos de
la inteligencia emocional.
En 1966, B. Leuner publica un artículo en alemán cuya
traducción sería “Inteligencia emocional y emancipación” (cit. por
Mayer, Salovey y Caruso, 2000). En él se plantea el tema de como
muchas mujeres rechazan un rol social a causa de su baja inteligencia
emocional.
Han de transcurrir veinte años para encontrar otro
documento que se refiera a ese concepto. En 1986, W. L. Payne presentó
un trabajo con el título de “ A study of emotion: Developing
emotional intelligence; Self integration; relating to fear, pain and
desire” (cit. por Mayer, Salovey y Caruso, 2000a). Como podemos
observar en el título aparecía “inteligencia emocional”. En este
documento Payne (1986) plantea el eterno problema entre emoción y
razón. Propone integrar emoción e inteligencia de tal forma que en las
escuelas se enseñen respuestas emocionales a los niños. La ignorancia
emocional puede ser destructiva. Por esto, los gobiernos deberían ser
receptivos y preocuparse de los sentimientos individuales. Interesa
subrayar que este artículo, uno de los primeros sobre inteligencia
emocional del que tenemos referencia, se refiere a la educación de
la misma. En este sentido podemos afirmar que la inteligencia
emocional ya en sus inicios manifestó una vocación educativa.
Estos dos últimos documentos prácticamente no tuvieron
trascendencia y no se citan (con muy contadas excepciones) en los
estudios científicos sobre inteligencia emocional. Sin embargo podemos
suponer que tuvieron una influencia sobre el famoso artículo de
Salovey y Mayer (1990), puesto que estos autores son de los pocos (tal
vez los únicos) que los citan posteriormente (Mayer, Caruso y Salovey,
2000: 93-96).
En 1985, Bar-On utilizó la expresión EQ (Emotional
Quotient) en su tesis doctoral. Según explica él mismo, el término
EQ fue acuñado en 1980 (Bar-On, 2000: 366). Aunque parece ser que no
tuvo una difusión hasta 1997 en que se publicó la primera versión del
The Emotional Quotient Inventory (Bar-On, 1997).
El ímpetu del interés por la inteligencia emocional se
inició con dos artículos en revistas especializadas (Mayer, DiPaolo y
Salovey, 1990; Salovey y Mayer, 1990). Si bien fue este último el que
tuvo mayor resonancia, cuyo título era, precisamente: Emotional
Intelligence (Salovey y Mayer, 1990).
A menudo pasa desapercibido que en 1994 se fundó el CASEL
(Consortium for the Advancement of Social and Emotional Learning) con
objeto de potenciar la educación emocional y social en todo el mundo.
Este hecho, claramente educativo, fue anterior a la publicación del
libro de Goleman (1995).
Como es de todos conocido, fue el libro Inteligencia
emocional de Daniel Goleman (1995) el que difundió este concepto
de forma espectacular, al ser un best seller un muchos países. Goleman
reconoce que se basa en el trabajo de Salovey y Mayer (1990). Un
análisis del contexto de mediados de los noventa en EEUU permite
entrever que en el éxito de la obra de Goleman intervinieron una serie
de factores que es esclarecedor conocer. Entre ellos están los
siguientes.
Antes de la publicación del libro de Goleman, había
causado un impacto social la publicación de la obra The Bell Curve
(Herrnstein y Murray, 1994), en la cual se pone el dedo en la llaga de
la polémica entre igualitarismo y elitismo. Esta obra justifica la
importancia del CI para comprender las clases sociales en América y en
otras sociedades. Estos autores defendían la postura elitista. Según
ellos, la inteligencia de la gente se distribuye de acuerdo con la
curva normal: pocos son muy inteligentes, muchos están en el medio, y
unos pocos tienen poca inteligencia. Estas diferencias son difíciles
de cambiar. Toman en consideración la relación entre inteligencia y
economía, señalando una relación entre baja inteligencia y pobreza o
desempleo; mientras que la alta inteligencia se relaciona con empleos
bien pagados y con más salud. Las personas inteligentes consiguen
reconocidos títulos universitarios que les permiten acceder a buenos
empleos, con buenos sueldos, y como consecuencia son felices. En
cambio las personas poco inteligentes tienen dificultades de
aprendizaje, obtienen títulos de bajo nivel o ninguno, tienen
dificultades en lograr empleos y los que obtienen son temporales, poco
considerados y mal pagados; como consecuencia no pueden ser felices.
Poner sobre el papel ideas tan elitistas era provocar la reacción y la
controversia. La resonancia fue tan grande, tanto en la prensa, en
los mass media y en la literatura científica, que hasta se
llegó a hablar de The Bell Curve Wars (Fraser, 1995). En este
ambiente llegó la obra de Goleman (1995), Emotional Intelligence,
adoptando una postura de reacción al elitismo de The Bell Curve.
Goleman contrasta la inteligencia emocional con la inteligencia
general, llegando a afirmar que la primera puede ser tan poderosa o
más que la segunda y que el EQ (emotional quotient) en el futuro
substituirá al CI. Pero, lo que es más importante: las competencias
emocionales se pueden aprender. Todas las personas pueden aprender
inteligencia emocional. Por tanto, todos pueden ser inteligentes
emocionales y ser felices. En este sentido, Goleman tomaba la postura
igualitaria, frente al elitismo.
A esto hemos de añadir que Goleman presentó su obra en un
momento en que el antagonismo entre razón y emoción empezaba a ser
superado. Se acababan de producir aportaciones importantes a favor de
la emoción por parte de la investigación científica (psicología
cognitiva, psicología social, neurociencia, psiconeuroinmunología,
etc.). Esto ayuda a entender mejor la popularización de la
inteligencia emocional que se produjo a partir de este momento.
Goleman (1995) plantea la clásica discusión entre
cognición y emoción de un modo novedoso. Tradicionalmente se ha
asociado lo cognitivo con la razón y el cerebro, y por tanto con lo
inteligente, positivo, profesional, científico, académico, masculino,
apolíneo, Super-Yo, principio de realidad, etc. Mientras que lo
emocional se ha asociado con el corazón, los sentimientos, el Ello, lo
femenino, lo familiar, la pasión, los instintos, lo dionisíaco, el
principio del placer, etc. Es decir, tradicionalmente lo racional se
ha considerado de un nivel superior a lo emocional. Goleman plantea el
tema dándole la vuelta, en un momento en que la sociedad está
receptiva para aceptar este cambio. Las obras de Matthews (1997) y
Dalgleish y Power (1999), entre otras, son un indicador de la
necesaria complementariedad entre cognición y emoción. Esta
receptividad hacia la aceptación del binomio cognición-emoción, se
debe a un conjunto de factores, entre los cuales están el creciente
índice de violencia (con su carga emocional); la evidencia de que lo
cognitivo por sí mismo no contribuye a la felicidad; la evidencia de
que la motivación y el comportamiento obedecen más a factores
emocionales que cognitivos; la constatación de que el rendimiento
académico no es un buen predictor del éxito profesional y personal;
las aportaciones de la psicología cognitiva, la neurociencia y la
psiconeuroinmunología; una creciente preocupación por el bienestar más
que por los ingresos económicos (downshifting); la creciente
preocupación por el estrés y la depresión, con la consiguiente
búsqueda de habilidades de afrontamiento, donde los índices de venta
de los libros de autoayuda son el indicador de una necesidad social,
etc.
Desde entonces la inteligencia emocional ha sido definida
y redefinida por diversos autores. Mayer, Salovey y Caruso (2000)
exponen como se puede concebir la inteligencia emocional, como mínimo
de tres formas: como rasgo de personalidad, como habilidad mental y
como movimiento cultural (Zeitgeist).
La definición del constructo inteligencia emocional
ha acaparado la atención de los investigadores desde el artículo de
Salovey y Mayer (1990). Según estos autores, la inteligencia emocional
consistía en la habilidad de manejar los sentimientos y emociones,
discriminar entre ellos y utilizar estos conocimientos para dirigir
los propios pensamientos y acciones. Estos autores han ido
reformulando el concepto en sucesivas aportaciones (Mayer y Salovey,
1993, 1997; Mayer, Caruso y Salovey, 1999, 2001; Mayer, Salovey y
Caruso, 2000). Una de las que se toman como referencia es la siguiente
(Mayer y Salovey (1997: 10): “la inteligencia emocional incluye la
habilidad de percibir con precisión, valorar y expresar emoción; la
habilidad de acceder y/o generar sentimientos cuando facilitan
pensamientos; la habilidad de comprender la emoción y el conocimiento
emocional; y la habilidad para regular las emociones para promover
crecimiento emocional e intelectual” (traducción propia). En
aportaciones posteriores, Mayer, Salovey y Caruso (2000) conciben la
inteligencia emocional como un modelo de cuatro ramas
interrelacionadas: 1) Percepción emocional: las emociones son
percibidas y expresadas. 2) Integración emocional: Las emociones
sentidas entran en el sistema cognitivo como señales que influencian
la cognición (integración emoción cognición). 3) Comprensión
emocional: Señales emocionales en relaciones interpersonales son
comprendidas, lo cual tiene implicaciones para la misma relación; se
consideran las implicaciones de las emociones, desde el sentimiento a
su significado; esto significa comprender y razonar sobre las
emociones. 4) Regulación emocional (emotional management): Los
pensamientos promueven el crecimiento emocional, intelectual y
personal.
El punto de vista de Goleman (1995) probablemente sea el
que se haya difundido más. Recogiendo las aportaciones de Salovey y
Mayer (1990), considera que la inteligencia emocional es: 1)
Conocer las propias emociones: El principio de Sócrates "conócete
a ti mismo" nos habla de esta pieza clave de la inteligencia
emocional: tener conciencia de las propias emociones; reconocer un
sentimiento en el momento en que ocurre. Una incapacidad en este
sentido nos deja a merced de las emociones incontroladas. 2)
Manejar las emociones: La habilidad para manejar los propios
sentimientos a fin de que se expresen de forma apropiada se fundamenta
en la toma de conciencia de las propias emociones. La habilidad para
suavizar expresiones de ira, furia o irritabilidad es fundamental en
las relaciones interpersonales. 3) Motivarse a sí mismo: Una
emoción tiende a impulsar una acción. Por eso las emociones y la
motivación están íntimamente interrelacionados. Encaminar las
emociones, y la motivación consecuente, hacia el logro de objetivos es
esencial para prestar atención, automotivarse, manejarse y realizar
actividades creativas. El autocontrol emocional conlleva a demorar
gratificaciones y dominar la impulsividad, lo cual suele estar
presente en el logro de muchos objetivos. Las personas que poseen
estas habilidades tienden a ser más productivas y efectivas en las
actividades que emprenden. 4) Reconocer las emociones de los demás:
El don de gentes fundamental es la empatía, la cual se basa en el
conocimiento de las propias emociones. La empatía es el fundamento del
altruismo. Las personas empáticas sintonizan mejor con las sutiles
señales que indican lo que los demás necesitan o desean. Esto las hace
apropiadas para las profesiones de la ayuda y servicios en sentido
amplio (profesores, orientadores, pedagogos, psicólogos,
psicopedagogos, médicos, abogados, expertos en ventas, etc.). 5)
Establecer relaciones: El arte de establecer buenas relaciones con
los demás es, en gran medida, la habilidad de manejar sus emociones.
La competencia social y las habilidades que conlleva son la base del
liderazgo, popularidad y eficiencia interpersonal. Las personas que
dominan estas habilidades sociales son capaces de interactuar de forma
suave y efectiva con los demás.
Otros autores se han ocupado de definir el constructo de
inteligencia emocional, entre los que están Saarni (2000), Davies,
Stankov y Roberts (1998), Epstein (1998), Bar-On (1997), Shutte et al.
(1998) y muchos otros. Algunos abogan por un marco amplio de la
inteligencia emocional, en la cual incluyen todo lo que no queda
contemplado en la inteligencia académica, como control del impulso,
automotivación, relaciones sociales, etc. (Goleman, 1995; Bar-On,
1997, 2000). Otros se inclinan más por un concepto restrictivo de
inteligencia emocional. En esta última postura están los que
consideran que los conceptos científicos son específicos y
restrictivos y que en la medida que dejan de serlo pasan a ser
divulgaciones acientíficas. Mayer, Salovey y Caruso (2000) están en
esa última postura. La conclusión es que hay claras divergencias entre
el concepto que se tiene de inteligencia emocional según los autores.
El análisis de las definiciones aportadas por Salovey y Mayer (1990),
Goleman (1995), Schutte, et al. (1998), Bar-On (1997, 2000), Saarni
(2000), Mayer, Salovey y Caruso (2000), etc., pone de manifiesto las
discrepancias. Por otra parte conviene recordar que las discrepancias
sobre el concepto de inteligencia han estado presentes a lo largo de
todo el siglo XX (Sternberg, 2000).
Las aportaciones de la neurociencia no permiten dirimir el
litigio entre los dos modelos de inteligencia emocional (amplio o
restrictivo). Sin embargo, estas investigaciones aportan evidencia que
apoyan la existencia de una inteligencia emocional, entendida como un
conjunto de habilidades que son distintas de las habilidades
cognitivas o CI (Bechara, Tranel, Damasio, 2000).
No han faltado autores que han criticado la propuesta de
una inteligencia emocional (Hedlund y Sternberg, 2000). Davies et al.
(1998) a partir de una investigación empírica llegan a una conclusión
crítica: tal vez el constructo de inteligencia emocional no sea
realmente una aptitud mental. Estos autores se cuestionan que se pueda
incluir en la tradición psicométrica de inteligencia. Los datos ponen
de manifiesto la dificultad de operacionalizar la inteligencia
emocional como un constructo diferente.
En contraposición, Mayer, Caruso y Salovey (2001) se han
centrado en establecer las propiedades psicométricas del constructo
inteligencia emocional. Su objetivo es demostrar que el MEIS (Multifactor
Emotional Intelligence Scale) satisface los criterios para ser
considerada una prueba psicométrica basada en un marco teórico.
Concluyen que la inteligencia emocional se refiere a un “pensador con
un corazón” (“a thinker with a heart”) que percibe, comprende y maneja
relaciones sociales.
Desde el punto de vista de la psicología de la
personalidad, la inteligencia emocional se puede considerar como un
aspecto de la personalidad (McCrae, 2000).
La discusión sobre el constructo de inteligencia emocional
sigue abierto. Independientemente de los avances que se puedan
producir en el campo teórico, las aplicaciones que de ello se derivan
van en la dirección de la existencia de unas competencias emocionales
que pueden ser aprendidas.
Se denomina Zeitgeist al espíritu de una época, la
tendencia intelectual o clima cultural, a veces apasionada, que
caracteriza un momento dado. El Zeitgeist de finales del siglo
XX era favorable a lo emocional. Como consecuencia de la obra de
Goleman (1995), la inteligencia emocional ha ocupado las páginas de
los principales periódicos y revistas de todo el mundo, incluyendo la
portada de la revista Time (Gibbs, 1995). El término
Emotional intelligence fue seleccionado como expresión más útil
por la American Dialect Society (1995). Otros datos que explican la
consideración de la inteligencia emocional como movimiento son la
presencia de Goleman en la prensa diaria, sus nuevas obras que son
best sellers nada más publicarse, la incidencia en la formación de
directivos (Goleman, Boyatzis y McKee, 2002), la educación
emocional (Bisquerra, 2000), etc. Conviene decir que
ésta es la parte de divulgación del tema, que a veces ha producido
malos entendidos, críticas y reacciones, haciendo que el término
inteligencia emocional sea controvertido.
A partir de finales de los noventa se van
multiplicando las publicaciones sobre educación emocional en
castellano (libros, artículos en revistas especializadas, prensa
diaria), siendo buena prueba de ello las obras de Alvarez (2001),
Arnold (2000), Bach y Darder (2002), Bisquerra (2000), Carpena
(2001), Elias et al.
(1999, 2000), Fernandez Berrocal et al. (2002), Gallifa et al.
(2002), Gómez (2002), Gómez Chacón (2000), GROP
(1998, 1999), Güell y Muñoz (2000, 2003),
López (2003), Pascual y Cuadrado (2001), Renom
(2003), Salmurri y Blanxer (2002),
Salvador (2000), Sastre y Moreno (2002),
Shapiro (1998), Steiner (2002), Vallés Arándiga
(1999), etc.
También van proliferando los cursos, seminarios y
ponencias en congresos. Incluso se celebra el
I Congreso Estatal de Educación Emocional
en Barcelona del 3 al 5 de febrero de 2000. En la
Facultad de Pedagogía de la Universidad de Barcelona se crea una
asignatura de libre elección sobre Educación emocional en 1999,
y otra de doctorado a partir de 1998, a partir de la cual se inician
diversas tesis doctorales. En 2002 se inicia el primer Postgrado en
Educación Emocional.
Paralelamente se han ido creando webs interesantes
sobre el tema, como por ejemplo:
http://www.casel.org/
http://eiconsortium.org/
http://www.mantra.com.ar/contenido/inteligencia.html
http://www.emocionol.com/
http://www.EQParenting.com/
http://www.libro-educacion-emocional.com/
http://www.cfchildren.org/Resources.html
http://www.usuarios.intercom.es/educador/emotion.htm
http://www.6seconds.org/
http://www.e-excellence.es/
http://www.ucm.es/info/seas/
http://www.inteligencia-emocional.org/
Todo esto justifica que se pueda hablar del movimiento
de la inteligencia emocional como Zeitgeist, también denominado
“revolución emocional”, cuyas aplicaciones prácticas constituyen un
aspecto importante de la educación emocional. El reto que se plantea
es cómo esta Zeitgeist va a incidir en la investigación
educativa.
Del constructo de inteligencia emocional deriva el
desarrollo de competencias emocionales. La competencia es el
conjunto de conocimientos, capacidades, habilidades y actitudes
necesarias para realizar actividades diversas con un cierto nivel de
calidad y eficacia. En el concepto de competencia se integra el
saber, saber hacer y saber ser. El dominio de una competencia permite
producir un número infinito de acciones no programadas.
Dentro de las competencias de acción profesional
(Echeverría, 2002; Le Boterf, 2001; Lévy-Leboyer, 1997) se pueden
distinguir las técnicas (saber), las metodológicas (saber hacer) y
otras que han recibido diversas denominaciones según los autores:
competencias participativas, competencias personales, competencias
básicas, competencias clave, competencias genéricas, competencias
transferibles, competencias relacionales, habilidades de vida,
competencias interpersonales, competencias transversales (Mazariegos
et al., 1998), competencias básicas para la
vida, competencias sociales, competencias emocionales, competencias
socio-emocionales,etc.
Las competencias básicas que una persona debe dominar al
finalizar la escolaridad obligatoria es un tema de debate.
Aportaciones a este debate han sido presentadas por la Generalitat de
Catalunya (2000), INCANOP (1997), Noguera et al. (2002), Rychen y
Salganik (2001) y muchos otros. Algunos se refieren específicamente al
desarrollo de estas competencias en la escuela (Weissberg y Greenberg,
1998).
Las habilidades sociales es una expresión que se
difundió en los años ochenta y que en la década de los noventa se ha
ido denominando “competencia social” (Fabes et al.,1999; Segura et
al., 1998, 1999; Topping et al., 2000). Para muchos, las competencias
sociales se deben complementar con las competencias emocionales y se
pasa a hablar de competencias sociales y emocionales (o
socio-emocionales) por parte de autores como Cherniss (2000), Coombs-Richardson
(1999), Zins et al (2000), etc. Mientras que otros se refieren
específicamente a las competencias emocionales: Boyatzis, Goleman y
Hay/McBer (1999), Boyatzis, Goleman y Rhee (2000), Greenberg et al.
(1995), Saarni (1997, 1998, 1999, 2000), etc.
En resumen, hay un convencimiento en la necesidad de
desarrollar competencias que van más allá de las competencias
profesionales habituales. No hay todavía ni una conceptualización ni
una denominación unánime para estas competencias. Por nuestra parte
vamos a referirnos a las competencias emocionales. Entendemos que es
una forma de denominar, como mínimo a un sub-conjunto, de las
competencias básicas para la vida. Queda como un reto para la
comunidad científica la dilucidación jerárquica y terminológica de
este emergente entramado de competencias.
La competencia emocional (a veces en plural:
competencias emocionales) es un constructo amplio que incluye diversos
procesos y provoca una variedad de consecuencias. Se puede entender la
competencia emocional como el conjunto de conocimientos,
capacidades, habilidades y actitudes necesarias para
comprender, expresar y regular de forma apropiada los
fenómenos emocionales.
Entre las competencias emocionales se pueden distinguir
dos grandes bloques: a) capacidades de autorreflexión (inteligencia
intrapersonal): identificar las propias emociones y regularlas de
forma apropiada; b) habilidad de reconocer lo que los demás están
pensando y sintiendo (inteligencia interpersonal): habilidades
sociales, empatía, captar la comunicación no verbal, etc.
Algunos autores (Salovey y Sluyter, 1997: 11) han
identificado cinco dimensiones básicas en las competencias
emocionales: cooperación, asertividad, responsabilidad, empatía,
autocontrol. Este marco es coherente con el concepto de inteligencia
emocional: autoconciencia emocional, manejo de las emociones,
automotivación, empatía, habilidades sociales.
Actualmente las competencias emocionales se consideran un
aspecto importante de las habilidades de empleabilidad. En el mundo
laboral se acepta que la productividad depende de una fuerza de
trabajo que sea emocionalmente competente (Elias et al., 1997: 6;
Goleman, Boyatzis y McKee, 2002).
Diversas propuestas se han elaborado con la intención de
describir las competencias emocionales. Entre las aportaciones más
recientes están las de Graczyk et al. (2000), Payton et al. (2000),
Saarni (1997, 2000), Casel (www.casel.org),
etc.
Por nuestra parte, recogiendo las propuestas anteriores y
a partir del marco teórico sobre la educación emocional (Bisquerra,
2000), vamos a considerar la siguiente estructuración de las
competencias emocionales.
1.
Conciencia emocional
Capacidad para tomar conciencia de las propias
emociones y de las emociones de los demás, incluyendo la habilidad
para captar el clima emocional de un contexto determinado.
1.1. Toma de conciencia de las propias emociones: capacidad
para percibir con precisión los propios sentimientos y emociones;
identificarlos y etiquetarlos. Esto incluye la posibilidad de estar
experimentando emociones múltiples. A niveles de mayor madurez,
conciencia de que uno puede no ser consciente de los propios
sentimientos debido a inatención selectiva o dinámicas inconscientes.
1.2.Dar nombre a las propias emociones: Habilidad para utilizar
el vocabulario emocional y los términos expresivos habitualmente
disponibles en una cultura para etiquetar las propias emociones.
1.3.Comprensión de las emociones de los demás: capacidad para
percibir con precisión las emociones y perspectivas de los demás.
Saber servirse de las claves situacionales y expresivas (comunicación
verbal y no verbal) que tienen un cierto grado de consenso cultural
para el significado emocional. Capacidad para implicarse empáticamente
en las experiencias emocionales de los demás.
2.
Regulación emocional
Capacidad para manejar las emociones de forma
apropiada. Supone tomar conciencia de la relación entre emoción,
cognición y comportamiento; tener buenas estrategias de afrontamiento;
capacidad para autogenerarse emociones positivas, etc.
2.1.Tomar conciencia de la interacción entre emoción, cognición y
comportamiento: los estados emocionales inciden en el
comportamiento y éstos en la emoción; ambos pueden regularse por la
cognición (razonamiento, conciencia).
2.2.Expresión emocional: capacidad para expresar las emociones
de forma apropiada. Habilidad para comprender que el estado emocional
interno no necesita corresponder con la expresión externa, tanto en
uno mismo como en los demás. En niveles de mayor madurez, comprensión
de que la propia expresión emocional puede impactar en otros, y tener
esto en cuenta en la forma presentarse a sí mismo.
2.3.Capacidad para la regulación emocional: los propios
sentimientos y emociones deben ser regulados. Esto incluye autocontrol
de la impulsividad (ira, violencia, comportamientos de riesgo)y
tolerancia a la frustración para prevenir estados emocionales
negativos (estrés, ansiedad, depresión), entre otros aspectos.
2.4.Habilidades de afrontamiento: Habilidad para afrontar
emociones negativas mediante la utilización de estrategias de
auto-regulación que mejoren la intensidad y la duración de tales
estados emocionales.
2.5.Competencia para auto-generar emociones positivas:
capacidad para experimentar de forma voluntaria y consciente emociones
positivas (alegría, amor, humor, fluir) y disfrutar de la vida.
Capacidad para auto-gestionar su propio bienestar subjetivo para una
mejor calidad de vida.
3.
Autonomía personal (autogestión)
Dentro de la autonomía personal se incluyen un conjunto de
características relacionadas con la autogestión personal, entre las
que se encuentran la autoestima, actitud positiva ante la vida,
responsabilidad, capacidad para analizar críticamente las normas
sociales, la capacidad para buscar ayuda y recursos, así como la
autoeficacia emocional.
3.1.Autoestima: tener una imagen positiva de sí mismo; estar
satisfecho de sí mismo; mantener buenas relaciones consigo mismo.
3.2.Automotivación: capacidad de automotivarse e implicarse
emocionalmente en actividades diversas de la vida personal, social,
profesional, de tiempo libre, etc.
3.3.Actitud positiva: capacidad para automotivarse y tener una
actitud positiva ante la vida. Sentido constructivo del yo (self)
y de la sociedad; sentirse optimista y potente (empowered) al
afrontar los retos diarios; intención de ser bueno, justo, caritativo
y compasivo.
3.4.Responsabilidad: intención de implicarse en comportamientos
seguros, saludables y éticos.
Asumir la responsabilidad en la toma de decisiones.
3.5.Análisis crítico de normas sociales: capacidad para evaluar
críticamente los mensajes sociales, culturales y de los mass media,
relativos a normas sociales y comportamientos personales.
3.6.Buscar ayuda y recursos: capacidad para identificar la
necesidad de apoyo y asistencia y saber acceder a los recursos
disponibles apropiados.
3.7.Auto-eficacia emocional: capacidad de auto-eficacia
emocional: el individuo se ve a sí mismo que se siente como se quiere
sentir. Es decir, la auto-eficacia emocional significa que uno acepta
su propia experiencia emocional, tanto si es única y excéntrica como
si es culturalmente convencional, y esta aceptación está de acuerdo
con las creencias del individuo sobre lo que constituye un balance
emocional deseable. En esencia, uno vive de acuerdo con su “teoría
personal sobre las emociones” cuando demuestra auto-eficacia emocional
que está en consonancia con los propios valores morales.
4.
Inteligencia interpersonal
La inteligencia interpersonal es la capacidad para
mantener buenas relaciones con otras personas. Esto implica dominar
las habilidades sociales, capacidad para la comunicación efectiva,
respeto, actitudes pro-sociales, asertividad, etc.
4.1.Dominar las habilidades sociales básicas: escuchar,
saludar, despedirse, dar las gracias, pedir un favor, pedir disculpas,
actitud dialogante, etc.
4.2.Respeto por los demás: intención de aceptar y apreciar las
diferencias individuales y grupales y valorar los derechos de todas
las personas.
4.3.Comunicación receptiva: capacidad para atender a los demás
tanto en la comunicación verbal como no verbal para recibir los
mensajes con precisión.
4.4.Comunicación expresiva: capacidad para iniciar y mantener
conversaciones, expresar los propios pensamientos y sentimientos con
claridad, tanto en comunicación verbal como no verbal, y demostrar a
los demás que han sido bien comprendidos.
4.5.Compartir emociones: conciencia de que la estructura y
naturaleza de las relaciones vienen en parte definidas por: a) el
grado de inmediatez emocional o sinceridad expresiva; y b) el grado de
reciprocidad o simetría en la relación. De esta forma, la intimidad
madura viene en parte definida por el compartir emociones sinceras,
mientras que una relación padre-hijo puede compartir emociones
sinceras de forma asimétrica.
4.6.Comportamiento pro-social y cooperación: capacidad para
aguardar turno; compartir en situaciones diádicas y de grupo; mantener
actitudes de amabilidad y respeto a los demás.
4.7.Asertividad: mantener un comportamiento equilibrado, entre
la agresividad y la pasividad; esto implica la capacidad para decir
“no” claramente y mantenerlo, para evitar situaciones en las cuales
uno puede verse presionado, y demorar actuar en situaciones de presión
hasta sentirse adecuadamente preparado. Capacidad para defender y
expresar los propios derechos, opiniones y sentimientos.
5.
Habilidades de vida y bienestar
Capacidad para adoptar
comportamientos apropiados y responsables de solución de problemas
personales, familiares, profesionales y sociales. Todo ello de cara a
potenciar el bienestar personal y social.
5.1.Identificación
de problemas: capacidad para
identificar situaciones que requieren una solución o decisión y
evaluar riesgos, barreras y recursos.
5.2.Fijar
objetivos adaptativos: capacidad para
fijar objetivos positivos y realistas.
5.3. Solución de conflictos: capacidad
para afrontar conflictos sociales y problemas interpersonales,
aportando soluciones positivas e informadas a los problemas.
5.4.Negociación:
capacidad para resolver conflictos en paz, considerando la perspectiva
y los sentimientos de los demás.
5.5.Bienestar
subjetivo: capacidad para gozar de
forma consciente de bienestar subjetivo y procurar transmitirlo a las
personas con las que se interactúa.
5.6.Fluir:
Capacidad para generar experiencias óptimas en la vida profesional,
personal y social.
La finalidad de la educación es el pleno desarrollo de la
personalidad integral del individuo. En este desarrollo pueden
distinguirse como mínimo dos grandes aspectos: el desarrollo cognitivo
y el desarrollo emocional. El rol tradicional del profesor, centrado
en la transmisión de conocimientos, está cambiando. La obsolescencia
del conocimiento y las nuevas tecnologías conllevan a que la persona
adquiere conocimientos en el momento que los necesita. En este marco,
la dimensión de apoyo emocional del profesorado en el proceso de
aprendizaje pasa a ser esencial. En el siglo XXI probablemente se pase
de rol tradicional del profesor instructor centrado en la materia a un
educador que orienta el aprendizaje del estudiante, al cual presta
apoyo emocional.
Se observan unos índices elevados de fracaso escolar,
dificultades de aprendizaje, estrés ante los exámenes, abandonos en
los estudios universitarios, etc. Estos hechos provocan estados
emocionales negativos, como la apatía o la depresión; y, en algunos
casos, llegan a intentos de suicidio. Todo ello está relacionado con
deficiencias en la madurez y el equilibrio emocional que reclaman una
atención por parte del sistema educativo.
Concentrarse exclusivamente en las capacidades
lingüísticas y lógicas durante la escolaridad formal puede suponer una
estafa del sistema educativo. Para muchas personas, el desarrollo de
las competencias emocionales pueden ser más necesario que saber
resolver ecuaciones de segundo grado.
El conocido Informe a la UNESCO de la Comisión
Internacional sobre la Educación para el siglo XXI. La Educación
encierra un tesoro (Delors, et al. 1996) señala que para hacer
frente a los nuevos desafíos del siglo XXI se hace imprescindible
asignar nuevos objetivos a la educación, y por lo tanto modificar la
idea que se tiene de su utilidad. Con objeto de cumplir su misión, la
educación debe organizarse en torno a cuatro pilares: a) aprender a
conocer; b) aprender a hacer; c) aprender a vivir
juntos; y d) aprender a ser. Queda claro que hasta ahora
la práctica educativa se ha centrado en el primero, y en menor medida
en el segundo. Los dos últimos han estado prácticamente ausentes; los
cuales tienen mucho en común con la educación emocional.
“Conócete a ti mismo” ha sido uno de los objetivos del ser
humano y debe estar presente en la educación. Dentro de este
autoconocimiento, uno de los aspectos más importantes es la dimensión
emocional. Conocer las propias emociones, la relación que estas tienen
con nuestros pensamientos y comportamientos, debería ser uno de los
objetivos de la educación.
La educación es un proceso caracterizado por la relación
interpersonal. Toda relación interpersonal está impregnada por
fenómenos emocionales, de donde se pueden derivar efectos sobre el
estrés o la depresión. Estos dos son, precisamente, causas importantes
de bajas laborales entre el profesorado. Lo cual sugiere que se le
debe prestar una atención especial entre el profesorado, como primer
destinatario de la educación emocional. Por extensión, el profesorado
debería contribuir al desarrollo emocional de los estudiantes. Esto
nos lleva a la educación emocional.
El desarrollo de las competencias emocionales da lugar a
la educación emocional. Concebimos la educación emocional como
un proceso educativo, continuo y permanente, que pretende
potenciar el desarrollo de las competencias emocionales como elemento
esencial del desarrollo integral de la persona, con objeto de
capacitarle para la vida. Todo ello tiene como finalidad aumentar el
bienestar personal y social.
La educación emocional es un proceso educativo continuo y
permanente, puesto que debe estar presente a lo largo de todo el
currículum académico y en la formación permanente a lo largo de toda
la vida. Es decir, la educación emocional tiene un enfoque del ciclo
vital. La educación emocional se propone optimizar el desarrollo
humano. Es decir, el desarrollo personal y social; o dicho de otra
manera: el desarrollo de la personalidad integral del individuo.
La educación emocional es una forma de prevención primaria
inespecífica. Entendemos como tal a la adquisición de competencias que
se pueden aplicar a una multiplicidad de situaciones, tales como la
prevención del consumo de drogas, prevención del estrés, ansiedad,
depresión, violencia, etc. La prevención primaria inespecífica
pretende minimizar la vulnerabilidad de la persona a determinadas
disfunciones (estrés, depresión, impulsividad, agresividad, etc.) o
prevenir su ocurrencia. Para ello se propone el desarrollo de
competencias básicas para la vida. Cuando todavía no hay disfunción,
la prevención primaria tiende a confluir con la educación para
maximizar las tendencias constructivas y minimizar las destructivas.
La educación emocional recoge las aportaciones de otras
ciencias, integrándolas en una unidad de acción fundamentada. Algunos
de los fundamentos más relevantes de la educación emocional son los
siguientes.
Los movimientos de renovación pedagógica, con sus
diversas ramificaciones (escuela nueva, escuela activa, educación
progresiva, etc.), se proponían una educación para la vida,
donde la afectividad tenía un papel relevante. Ilustres teóricos y
representantes de estos movimientos han llamado la atención sobre la
dimensión afectiva del alumnado. Entre ellos recordemos Pestalozzi,
Froebel, Dewey, Tolstoi, Montessori, Rogers, etc. Movimientos
recientes de innovación educativa, tales como la educación
psicológica, la educación para la carrera, la educación
moral, las habilidades sociales, el aprender a pensar,
la educación para la salud, la orientación para la
prevención y el desarrollo humano (GROP, 1998a), etc., tienen una
clara influencia en la educación emocional. Lo que caracteriza a ésta
última es el enfoque “desde dentro”, que pone un énfasis especial en
la emoción subyacente en todas las propuestas anteriores.
El counseling y la psicoterapia se
pueden considerar como una terapia emocional, ya que se centran en los
problemas emocionales (ansiedad, estrés, depresión, fobias, etc.). La
psicología humanista, con Carl Rogers, Gordon Allport, Abraham Maslow
y otros, puso un énfasis especial en las emociones; la logoterapia de
V. Frankl, al buscar el sentido de la vida, llegó a conceptos como la
responsabilidad en la actitud ante la vida; la
psicología cognitiva, y en especial la psicoterapia racional-emotiva
de Ellis, es otro referente significativo; otras aportaciones son las
de Carkhuff, Beck, Meichenbaum, etc.
Desde el punto de vista de la metodología de
intervención, conviene destacar las aportaciones del developmental
counseling, la dinámica de grupos, la orientación para la
prevención, el modelo de programas y el modelo de consulta. Especial
relevancia tiene la teoría del aprendizaje social de Bandura (1977),
que pone el énfasis en el rol de los modelos en el proceso de
aprendizaje; esto sugiere la inclusión del modelado como estrategia de
intervención y poner un énfasis en analizar como los modelos
(compañeros, personajes de los mass media, profesores, padres)
pueden influir en las actitudes, creencias, valores y comportamientos.
Otras aportaciones metodológicas a tener presente son, entre otras, el
modelo de desarrollo social (Hawkins, 1997), que se ha aplicado a la
prevención de la delincuencia; el modelo ecológico y sistémico de
Bronfenbrenner (1977, 1979); la teoría del comportamiento problemático
y desarrollo social (Jessor y Jessor, 1977), que se ha aplicado en
grupos de riesgo; la teoría de la acción razonada (Fishbein y Ajzen,
1975), etc.
Las teorías de las emociones, que se remontan a los
orígenes de la historia de la filosofía y de la literatura, pero cuyos
orígenes claramente científicos probablemente haya que buscarlos a
finales del siglo XIX. Hay que señalar que después de unos brillantes
inicios con Ch. Darwin, William James, Cannon y otros, el estudio de
la emoción sufrió un cierto letargo hasta finales de los años ochenta,
con la llegada de la investigación científica de la emoción desde la
psicología cognitiva (Arnold, Izard, Frijda, Buck, Lazarus, etc.).
La teoría de las inteligencias múltiples de Gardner
(1995), en particular por lo que se refiere a la inteligencia
inteligencia interpersonal
interpersonal y la
inteligenciaintrapersonal intrapersonal, son un referente
fundamental. La inteligencia interpersonal se construye a partir de la
capacidad para establecer buenas relaciones con otras personas; la
inteligencia intrapersonal se refiere al conocimiento de los aspectos
internos de sí mismo.
El concepto de inteligencia emocional, introducido
por Salovey y Mayer (1990) y difundido por Goleman (1995), ha tenido
muchos continuadores en psicología y educación, hasta llegar a
constituir una Zeitgeist a la que hacemos referencia en otro apartado
de este artículo.
Las recientes aportaciones de la neurociencia han
permitido conocer mejor el funcionamiento cerebral de las emociones.
Así, por ejemplo, saber que las emociones activan respuestas
fisiológicas (taquicardia, sudoración, tensión muscular,
neurotransmisores; etc.) que una vez producidas son difíciles de
controlar, o que una disminución en el nivel de serotonina puede
provocar estados depresivos, aporta datos valiosos para la
intervención. Igualmente es interesante conocer el papel de la
amígdala en las emociones; las características diferenciales de la
comunicación entre el sistema límbico y la corteza cerebral en función
de la dirección de la información, etc.
Las aportaciones de la psiconeuroinmunología
indican como las emociones afectan al sistema inmunitario. Las
emociones negativas debilitan las defensas del sistema inmunitario,
mientras que las emociones positivas lo refuerzan. Estos trabajos
evidencian la relación entre las emociones y la salud.
Las investigaciones sobre el bienestar subjectivo,
realizadas por autores com Strack, Argyle, Schwartz, Veenhoven, etc.,
han introducido un constructo de gran incidencia social. Conviene
distinguir entre bienestar objetivo (material) y bienestar subjetivo
(emocional). Si bien se analiza se llega a la conclusión de que las
personas buscan el bienestar subjetivo. Todo lo que hacemos son pasos
para intentar conseguirlo. Entre los factores que favorecen el
bienestar subjetivo están las relaciones sociales y la familia, el
amor y las relaciones sexuales, la satisfacción profesional, las
actividades de tiempo libre, salud, etc. Es curioso observar que las
principales fuentes de bienestar subjetivo coinciden con las causas de
conflicto y malestar.
Relacionado con el bienestar está el concepto de fluir
(flow) o experiencia óptima, introducido por Mihaliy
Csikszentmihalyi (1997). El fluir se refiere a las ocasiones en que
sentimos una especie de regocijo, un profundo sentimiento de alegría o
felicidad, que lo habíamos estado buscando y deseando durante mucho
tiempo y que se convierte en un referente de como nos gustaría que
fuese la vida. La felicidad es una condición vital que cada persona
debe preparar, cultivar y defender individualmente. No se puede
comprar con dinero o con poder. No parece depender de los
acontecimientos externos, sino más bien de como los interpretamos. El
flujo, o la experiencia óptima, tienen mucho que ver con el concepto
de experiencias cumbre experiencias
cumbre" (peak experiences) que utilizó Maslow (1982: 109; 1987:
205).
De
los cuatro pilares de la educación (conocer, saber hacer, convivir y
ser) señalados en el informe Delors (1996), como mínimo los dos
últimos contribuyen a fundamentar la educación emocional.
La fundamentación teórica de la educación emocional
desemboca en la selección de contenidos del programa de intervención.
Criterios a tener en cuenta en la selección de contenidos son: 1) los
contenidos deben adecuarse al nivel educativo del alumnado al que va
dirigido el programa; 2) los contenidos deben ser aplicables a todo el
grupo clase; 3) deben favorecer procesos de reflexión sobre las
propias emociones y las emociones de los demás.
Los objetivos generales de la educación emocional
pueden resumirse en los siguientes términos: adquirir un mejor
conocimiento de las propias emociones; identificar las emociones de
los demás; desarrollar la habilidad para regular las propias
emociones; prevenir los efectos nocivos de las emociones negativas;
desarrollar la habilidad para generar emociones positivas; desarrollar
la habilidad de automotivarse; adoptar una actitud positiva ante la
vida; aprender a fluir, etc.
Los contenidos de la educación emocional pueden variar
según los destinatarios (nivel educativo, conocimientos previos,
madurez personal, etc.). Podemos distinguir entre un programa de
formación de profesores y un programa dirigido al alumnado. Pero en
general los contenidos hacen referencia a los siguientes temas.
En primer lugar se trata de dominar el marco conceptual
de las emociones, que incluiría el concepto de emoción, los
fenómenos afectivos (emoción, sentimiento, afecto, estado de ánimo,
perturbaciones emocionales, etc.), tipos de emociones (emociones
positivas y negativas, emociones básicas y derivadas, emociones
ambiguas, emociones estéticas, etc.). Conocer las características
(causas, predisposición a la acción, estrategias de regulación,
competencias de afrontamiento, etc.) de las emociones principales:
miedo, ira, ansiedad, tristeza, vergüenza, aversión, alegría, amor,
humor, felicidad, etc. La naturaleza de la inteligencia emocional
es un aspecto importante, con múltiples aplicaciones para la
práctica.
La educación emocional sigue una metodología
eminentemente práctica (dinámica de grupos, autoreflexión, razón
dialógica, juegos, etc.) con objeto de favorecer el desarrollo de
competencias emocionales como las siguientes.
Conciencia emocional, que
consiste en conocer las propias emociones y las emociones de los
demás. Esto se consigue a través de la autoobservación y de la
observación del comportamiento de las personas que nos rodean. Esto
supone la comprensión de la diferencia entre pensamientos, acciones y
emociones; la comprensión de las causas y consecuencias de las
emociones; evaluar la intensidad de las emociones; reconocer y
utilizar el lenguaje de las emociones, tanto en comunicación verbal
como no verbal.
La regulación de las emociones probablemente sea el
elemento esencial de la educación emocional. Conviene no confundir la
regulación (y otros términos afines: control, manejo de las emociones)
con la represión. La tolerancia a la frustración, el manejo de la ira,
la capacidad para retrasar gratificaciones, las habilidades de
afrontamiento en situaciones de riesgo (inducción al consumo de
drogas, violencia, etc.), el desarrollo de la empatía, etc., son
componentes importantes de la habilidad de autorregulación. Algunas
técnicas concretas son: diálogo interno, control del estrés
(relajación, meditación, respiración), autoafirmaciones positivas;
asertividad; reestructuración cognitiva, imaginación emotiva,
atribución causal, etc.
La motivación está íntimamente relacionada con la
emoción. Motivación provienen de la raíz latina movere (mover);
igual que emoción (de ex-movere, mover hacia fuera). La puerta
de la motivación hay que buscarla a través de la emoción. A través de
esta vía se puede llegar a la automotivación , que se sitúa en
el extremo opuesto del aburrimiento, y que abre un camino hacia la
actividad productiva por propia voluntad y autonomía personal. Este es
uno de los retos de futuro de la educación.
Las habilidades socio-emocionales constituyen un
conjunto de competencias que facilitan las relaciones interpersonales.
Las relaciones sociales están entretejidas de emociones. La escucha y
la capacidad de empatía abren la puerta a actitudes prosociales, que
se sitúan en las antípodas de actitudes racistas, xenófobas o
machistas, que tantos problemas sociales ocasionan. Estas competencias
sociales predisponen a la constitución de un clima social favorable al
trabajo en grupo productivo y satisfactorio.
Las relaciones entre emoción y bienestar subjetivo
suelen ser, de acuerdo con nuestra experiencia, de gran interés para
los participantes. Esto lleva a delimitar el constructo “bienestar
subjetivo” y los factores que lo favorecen o que lo dificultan. La
reflexión sobre estos temas conduce a la confluencia entre bienestar y
felicidad, donde el “estar sin hacer nada” no es lo propio, sino más
bien implicarse en algún tipo de actividad.
El concepto de Fluir (flow), entendido como
experiencia óptima (Csikszentmihalyi, 1997) completa el tema sobre el
bienestar. Las condiciones del flujo ofrecen un marco de sugerencias
para la acción, que se pueden aplicar al cuerpo, el pensamiento, el
trabajo, las relaciones sociales, etc. El reto |