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La
competencia emocional
Publicado en : Bisquerra, R. (2002). La
competencia emocional. En M. Álvarez y R. Bisquerra, Manual de
orientación y tutoría (pp. 144/69-144/83). Barcelona: Praxis.
Rafael Bisquerra
El autor es coordinador del GROP (Grup de Recerca en Orientació
Psicopedagògica) en el Departamento MIDE de la Universidad de
Barcelona. E-MAIL grop@ub.edu
Agradecemos la colaboración del autor con el presente
trabajo.
Concepto de competencia
La palabra competencia se refiere al
dominio de un conjunto de habilidades. Diversos autores se han
ocupado de definir el concepto de competencia. En general las
definiciones se refieren a las competencias profesionales,
que es el tema que ha suscitado mayor interés entre los
estudiosos. Algunas de las definiciones representativas de
competencia son las siguientes.
"Conjunto de
conocimientos, destrezas y aptitudes necesarias para ejercer una
profesión, resolver problemas profesionales de forma autónoma y
flexible y ser capaz de colaborar con el entorno profesional y
en la organización del trabajo" (Bunk, 1994: 9).
"La
competencia resulta de un saber actuar. Pero para que ella se
construya es necesario poder y querer actuar" (Le Boterf,
1994)".
"Competencia es un saber actuar validado. Saber movilizar, saber
combinar, saber transferir recursos (conocimientos,
capacidades...) individuales y de red en una situación
profesional compleja y con vistas a una finalidad" (Le Boterf,
2001: 93).
“Comportamientos observables en la realidad cotidiana del
trabajo e igualmente, en situaciones test. Ponen en práctica, de
forma integrada, aptitudes, rasgos de personalidad y
conocimientos adquiridos"(Lévy-Leboyer, 1997: 54).
"Repertorios de conocimiento que algunos dominan mejor que
otros, lo que les hace eficaces en una situación determinada" (Lévy-Leboyer,
1997: 54).
"Conjunto de conocimientos, procedimientos y aptitudes
combinados, coordinados e integrados en la acción, adquiridos a
través de la experiencia (formativa y no formativa -profesional)
que permite al individuo resolver problemas específicos de forma
autónoma y flexible en contextos singulares" (Tejada, 1999: 29).
Resumiendo las aportaciones anteriores podríamos decir que la
competencia es el conjunto de conocimientos, capacidades,
habilidades y actitudes necesarias para realizar actividades
diversas con un cierto nivel de calidad y eficacia. En el
concepto de competencia se integra el saber, saber hacer y saber
ser. El dominio de una competencia permite producir un número
infinito de acciones no programadas.
Clases de
competencias
Las
competencias técnicas son importantes para el desarrollo
profesional. Pero las empresas y las necesidades sociales
inducen a reconocer la necesidad de otro tipo de competencias,
que todavía no ha recibido una denominación de aceptación
unánime. Veamos un poco el status quaestionis, Diversas
clasificaciones sobre competencias se han propuesto por parte
de diversos autores, de las cuales vamos a recordar algunas,
siguiendo la revisión que de ellas hace Pérez Escoda (2001).
Bunk
(1994) presenta una de las clasificaciones más reconocidas,
donde se identifican cuatro componentes en la competencia:
técnica, metodológica, social y participativa. La integración de
todas ellas da lugar a la competencia de acción profesional.
Dentro de la competencia social (sociabilidad) se señalan las
formas de comportamiento: a) individuales: disposición al
trabajo, capacidad de adaptación, capacidad de intervención; b)
interpersonales: disposición a la cooperación, honradez,
rectitud, altruismo, espíritu de equipo. La competencia social
es necesaria para poder colaborar con otras personas de forma
comunicativa y constructiva, manifestar un comportamiento
orientado al grupo y mantener buenas relaciones interpersonales.
Otros autores, como Kaiser, Levi Leboyer, Guerrero, Acosta y
Taborda, presentan sus clasificaciones (Pérez Escoda, 2001:
139-145), de donde entresacamos las siguientes características
generales. La mayoría se refieren a un bloque, al que denominan
de diferente forma, que va más allá de las competencias
técnicas. Son características de este bloque las siguientes:
adaptación (al contexto, a los cambios, a situaciones
novedosas), asertividad, autoconfianza, autocontrol,
autocrítica, autonomía, buena disposición hacia el trabajo,
capacidad de aguante, capacidad para la argumentación, capacidad
para mantener relaciones positivas con los demás, capacidad para
superar las dificultades, capacidad para tomar decisiones,
coherencia, comportamiento de atención al cliente, comunicación,
constancia, control del estrés, cooperación, disposición a la
formación continua, paciencia, persistencia en la tarea hasta
completarla satisfactoriamente, prevención y solución de
conflictos, reconocimiento de los propios límites, resistencia
emocional, responsabilidad, Como resumen de un conjunto de
estudios en este sentido se incluye la tabla comparativa
elaborada por Pérez Escoda (2001).
|
Autor |
Tipos de competencias |
|
Bunk (1994) |
Técnicas |
Metodológicas |
Sociales |
Participativas |
|
Alex (1991) |
Cualificación técnica |
Cualificación social |
|
|
Técnicas de trabajo |
Planificación y ejecución |
Persona
Trabajo y profesión
Entorno |
Participación social en el entorno |
|
Le Boterf (1991) |
Técnicas |
Saberes |
Aptitudes sociales y comunicación |
Aptitudes de aprendizaje |
|
Lévy-Leboyer (1997) |
Específicas |
Genéricas |
|
Stroobants (1998) |
Cognitivas |
Capacidades inventivas y creativas |
Sociales |
|
Rubió y Cruells (1998) |
Técnicas |
Básicas |
Transversales
(Diagnóstico, relación, afrontamiento) |
|
Guerrero, Acosta y Taborda (1999) |
Técnico-profesionales |
Básicas |
Transversales |
Claves |
|
Besolan (2000) |
Técnicas |
Metodológicas |
Participativas |
Personales |
|
Fuente: Pérez Escoda (2001: 145), a partir
de Romero (2000). |
El
conjunto de estas habilidades y capacidades han recibido
diversas denominaciones, entre las que cabe destacar las
siguientes.
|
Competencias
Competencias básicas
Competencias clave
Competencias genéricas
Competencias transversales
Competencias transferibles
Competencias relacionales
Competencias participativas
Habilidades de vida
Competencias personales
Competencias interpersonales
Competencias sociales
Competencias emocionales
Competencias socio-emocionales |
En
conjunto, estas denominaciones se refieren a lo que de forma
global podría denominarse competencias de desarrollo personal.
Por nuestra parte vamos a referirnos a las competencias
emocionales o socio-emocionales. Entendemos que es una forma de
denominar como mínimo a un sub-conjunto de las competencias
anteriores. Queda para futuros proyectos la dilucidación
jerárquica entre este conjunto de términos y la aclaración de
hasta qué punto se pueden considerar como sinónimos.
A
partir de la bibliografía consultada se pueden ver indicios de
que en los procesos de selección de personal, en la empresa
privada se valoran mejor las competencias socio-emocionales que
en los concursos-oposición, propios de la Administración
pública. Aunque cabría analizar hasta qué punto estas
competencias interfieren indirectamente en el proceso de toma de
decisiones.
El
constructo de competencia emocional
Las competencias
emocionales, también denominadas competencias socio-emocionales,
son un conjunto de habilidades que permiten comprender, expresar
y regular de forma apropiada los fenómenos emocionales. Incluye
conciencia emocional, control de la impulsividad, trabajo en
equipo, cuidarse de sí mismo y de los demás, etc. Esto facilita
desenvolverse mejor en las circunstancias de la vida tales como
los procesos de aprendizaje, relaciones interpersonales,
solución de problemas, adaptarse al contexto.
Entre las competencias emocionales se pueden distinguir dos
grandes bloques: a) capacidades de autorreflexión: identificar
las propias emociones y regularlas de forma apropiada; b)
habilidad de reconocer lo que los demás están pensando y
sintiendo: habilidades sociales, empatía, captar la comunicación
no verbal, etc.
Algunos autores (Salovey y Sluyter, 1997: 11) han identificado
cinco dimensiones básicas en las competencias emocionales:
cooperación, asertividad, responsabilidad, empatía, autocontrol.
Estas dimensiones se solapan con el concepto de inteligencia
emocional, tal como lo define Goleman (1995): autoconciencia
emocional, manejo de las emociones, automotivación, empatía,
habilidades sociales.
Actualmente las competencias emocionales se consideran un
aspecto importante de las habilidades de empleabilidad. En el
mundo laboral se acepta que la productividad depende de una
fuerza de trabajo que sea emocionalmente competente (Elias et
al., 1997: 6).
La competencia emocional (a veces en plural: competencias
emocionales) es un constructo amplio que incluye diversos
procesos y provoca una variedad de consecuencias. Diversas
propuestas se han elaborado con la intención de describir este
constructo. Entre las aportaciones más recientes están las de
Graczyk et al. (2000), Payton et al. (2000) y Saarni (2000).
Las
competencias socio-emocionales propuestas de Graczyk et al.
(2000), Payton, et al. (2000) y Casel (www.casel.org), se pueden
resumir en los siguientes términos:
.1. Toma de
conciencia de los sentimientos: capacidad para percibir con
precisión los propios sentimientos y etiquetarlos.
2. Manejo de
los sentimientos: capacidad para regular los propios
sentimientos.
3. Tener en
cuenta la perspectiva: capacidad para percibir con precisión el
punto de vista de los demás.
4. Análisis
de normas sociales: capacidad para evaluar críticamente los
mensajes sociales, culturales y de los mass media, relativos a
normas sociales y comportamientos personales.
5. Sentido
constructivo del yo (self): sentirse optimista y potente (empowered)
al afrontar los retos diarios.
6.
Responsabilidad: intención de implicarse en comportamientos
seguros, saludables y
éticos.
7. Cuidado:
intención de ser bueno, justo, caritativo y compasivo.
8. Respeto
por los demás: intención de aceptar y apreciar las diferencias
individuales y grupales y valorar los derechos de todas las
personas.
9.
Identificación de problemas: capacidad para identificar
situaciones que requieren una solución o decisión y evaluar
riesgos, barreras y recursos.
10. Fijar
objetivos adaptativos: capacidad para fijar metas positivas y
realistas.
11. Solución de
problemas: capacidad para desarrollar soluciones positivas e
informadas a los problemas.
12. Comunicación
receptiva: capacidad para atender a los demás tanto en la
comunicación verbal como no verbal para recibir los mensajes con
precisión.
13. Comunicación
expresiva: capacidad para iniciar y mantener conversaciones,
expresar los propios pensamientos y sentimientos con claridad,
tanto en comunicación verbal como no verbal, y demostrar a los
demás que han sido bien comprendidos.
14. Cooperación:
capacidad para aguardar turno y compartir en situaciones
diádicas y de grupo.
15. Negociación:
capacidad para resolver conflictos en paz, considerando la
perspectiva y los sentimientos de los demás.
16. Negativa:
capacidad para decir “no” claramente y mantenerlo para evitar
situaciones en las cuales uno puede verse presionado y demorar
la respuesta bajo presión, hasta sentirse adecuadamente
preparado.
17. Buscar ayuda:
capacidad para identificar la necesidad de apoyo y asistencia y
acceder a los recursos disponibles apropiados.
Para
Saarni (2000: 68) la competencia emocional es la demostración de
autoeficacia en expresar emociones en las transacciones sociales
(“emotion-eliciting social transaccions”). Autoeficacia
significa que el individuo cree que tiene la capacidad y las
habilidades para lograr objetivos deseados. Para que haya
autoeficacia se requiere conocimiento de las propias emociones y
capacidad para regularlas hacia los resultados deseados. Los
resultados deseados están en función de los principios morales
que uno tiene.
El
carácter moral y los valores éticos influencian profundamente en
las respuestas emocionales de cara a promover la integridad
personal. La competencia emocional madura debería reflejar una
sabiduría que conlleva los valores éticos significativos de la
propia cultura.
El
espacio y el tiempo son condicionantes de la competencia
emocional. Todos podemos experimentar incompetencia emocional en
un momento dado y en un espacio determinado, dado que no nos
sentimos preparados para esa situación.
Saarni (1997:
46-59; 2000: 77-78) presenta el siguiente listado de habilidades
de la competencia emocional.
1. Conciencia del propio estado emocional,
incluyendo la posibilidad de estar experimentando emociones
múltiples. A niveles de mayor madurez, conciencia de que uno
puede no ser consciente de los propios sentimientos debido a
inatención selectiva o dinámicas inconscientes.
2. Habilidad para discernir las habilidades de
los demás, en base a claves situacionales y expresivas que
tienen un cierto grado de consenso cultural para el significado
emocional.
3. Habilidad para utilizar el vocabulario
emocional y términos expresivos habitualmente disponibles en una
cultura. A niveles de mayor madurez, la habilidad de captar
manifestaciones culturales (cultural scripts) que relacionan la
emoción con roles sociales.
4. Capacidad para implicarse empáticamente en
las experiencias emocionales de los demás.
5. Habilidad para comprender que el estado
emocional interno no necesita corresponder con la expresión
externa, tanto en uno mismo como en los demás. En niveles de
mayor madurez, comprensión de que la propia expresión emocional
puede impactar en otros, y tener esto en cuenta en la forma
presentarse a sí mismo.
6.
Habilidad para afrontar emociones negativas mediante la
utilización de estrategias de autocontrol que regulen la
intensidad y la duración de tales estados emocionales.
7. Conciencia de que la estructura y
naturaleza de las relaciones vienen en parte definidas por: a)
el grado de inmediatez emocional o sinceridad expresiva; y b) el
grado de reciprocidad o simetría en la relación. De esta forma,
la intimidad madura viene en parte definida por el compartir
emociones sinceras, mientras que una relación padre-hijo puede
compartir emociones sinceras de forma asimétrica.
8. Capacidad de autoeficacia emocional: el
individuo se ve a sí mismo que siente, por encima de todo, como
se quiere sentir. Es decir, la autoeficacia emocional significa
que uno acepta su propia experiencia emocional, tanto si es
única y excéntrica como si es culturalmente convencional, y esta
aceptación está de acuerdo con las creencias del individuo sobre
lo que constituye un balance emocional deseable. En esencia, uno
vive de acuerdo con su “teoría personal sobre las emociones”
cuando demuestra autoeficacia emocional que está en consonancia
con los propios valores morales.
Por nuestra parte, recogiendo las
propuestas anteriores y a partir del marco teórico sobre la
educación emocional que se ha expuesto, vamos a considerar la
siguiente estructuración de las competencias emocionales.
1.
Conciencia emocional
a. Toma de conciencia de las propias
emociones: capacidad para percibir con precisión los propios
sentimientos y emociones; identificarlos y etiquetarlos. Esto
incluye la posibilidad de estar experimentando emociones
múltiples. A niveles de mayor madurez, conciencia de que uno
puede no ser consciente de los propios sentimientos debido a
inatención selectiva o dinámicas inconscientes.
b. Dar nombre
a las propias emociones: Habilidad para utilizar el vocabulario
emocional y los términos expresivos habitualmente disponibles en
una cultura para etiquetar las propias emociones.
c.
Comprensión de las emociones de los demás: capacidad para
percibir con precisión las emociones y perspectivas de los
demás. Saber servirse de las claves situacionales y expresivas
(comunicación verbal y no verbal) que tienen un cierto grado de
consenso cultural para el significado emocional.Capacidad para
implicarse empáticamente en las experiencias emocionales de los
demás.
1.
Regulación de las emociones
a. Tomar
conciencia de la interacción entre emoción, cognición y
comportamiento: los estados emocionales inciden en el
comportamiento y éstos en la emoción; ambos pueden regularse por
la cognición (razonamiento, conciencia).
b. Expresión
emocional: capacidad para expresar las emociones de forma
apropiada. Habilidad para comprender que el estado emocional
interno no necesita corresponder con la expresión externa, tanto
en uno mismo como en los demás. En niveles de mayor madurez,
comprensión de que la propia expresión emocional puede impactar
en otros, y tener esto en cuenta en la forma presentarse a sí
mismo.
c. Capacidad
para la regulación emocional: los propios sentimientos y
emociones deben ser regulados. Esto incluye autocontrol de la
impulsividad (ira, violencia, comportamientos de riesgo)y
tolerancia a la frustración para prevenir estados emocionales
negativos (estrés, ansiedad, depresión), entre otros aspectos.
d.
Habilidades de afrontamiento: Habilidad para afrontar emociones
negativas mediante la utilización de estrategias de
auto-regulación que mejoren la intensidad y la duración de tales
estados emocionales.
e.
Competencia para auto-generar emociones positivas: capacidad
para experimentar de forma voluntaria y consciente emociones
positivas (alegría, amor, humor, fluir) y disfrutar de la vida.
Capacidad para auto-gestionar su propio bienestar subjetivo para
una mejor calidad de vida.
1.
Autonomía
personal
a.
Autoestima: tener una imagen positiva de sí mismo; estar
satisfecho de sí mismo; mantener buenas relaciones consigo
mismo.
b. Actitud
positiva: capacidad para automotivarse y tener una actitud
positiva ante la vida. Sentido constructivo del yo (self) y de
la sociedad; sentirse optimista y potente (empowered) al
afrontar los retos diarios; intención de ser bueno, justo,
caritativo y compasivo.
c.
Responsabilidad: intención de implicarse en comportamientos
seguros, saludables y
éticos. Asumir la responsabilidad en la toma de decisiones.
d. Análisis
crítico de normas sociales: capacidad para evaluar críticamente
los mensajes sociales, culturales y de los mass media, relativos
a normas sociales y comportamientos personales.
e. Buscar
ayuda y recursos: capacidad para identificar la necesidad de
apoyo y asistencia y saber acceder a los recursos disponibles
apropiados.
f.
Auto-eficacia emocional: capacidad de auto-eficacia emocional:
el individuo se ve a sí mismo que se siente como se quiere
sentir. Es decir, la auto-eficacia emocional significa que uno
acepta su propia experiencia emocional, tanto si es única y
excéntrica como si es culturalmente convencional, y esta
aceptación está de acuerdo con las creencias del individuo sobre
lo que constituye un balance emocional deseable. En esencia, uno
vive de acuerdo con su “teoría personal sobre las emociones”
cuando demuestra auto-eficacia emocional que está en consonancia
con los propios valores morales.
1.
Inteligencia interpersonal y habilidades sociales
a.
Dominar las habilidades sociales básicas: escuchar, saludar,
despedirse, dar las gracias, pedir un favor, pedir disculpas,
actitud dialogante, etc.
b. Respeto
por los demás: intención de aceptar y apreciar las diferencias
individuales y grupales y valorar los derechos de todas las
personas.
c.
Comunicación receptiva: capacidad para atender a los demás tanto
en la comunicación verbal como no verbal para recibir los
mensajes con precisión.
d.
Comunicación expresiva: capacidad para iniciar y mantener
conversaciones, expresar los propios pensamientos y sentimientos
con claridad, tanto en comunicación verbal como no verbal, y
demostrar a los demás que han sido bien comprendidos.
e. Compartir
emociones: conciencia de que la estructura y naturaleza de las
relaciones vienen en parte definidas por: a) el grado de
inmediatez emocional o sinceridad expresiva; y b) el grado de
reciprocidad o simetría en la relación. De esta forma, la
intimidad madura viene en parte definida por el compartir
emociones sinceras, mientras que una relación padre-hijo puede
compartir emociones sinceras de forma asimétrica.
f.
Comportamiento pro-social y cooperación: capacidad para aguardar
turno; compartir en situaciones diádicas y de grupo; mantener
actitudes de amabilidad y respeto a los demás.
g.
Asertividad: mantener un comportamiento equilibrado, entre la
agresividad y la pasividad; esto implica la capacidad para decir
“no” claramente y mantenerlo, para evitar situaciones en las
cuales uno puede verse presionado, y demorar actuar en
situaciones de presión hasta sentirse adecuadamente preparado.
Capacidad para defender y expresar los propios derechos,
opiniones y sentimientos.
1.
Habilidades de vida y bienestar
a.
Habilidades de vida: capacidad para adoptar comportamientos
apropiados y responsables de solución de problemas personales,
familiares, profesionales y sociales.
b.
Identificación de problemas: capacidad para identificar
situaciones que requieren una solución o decisión y evaluar
riesgos, barreras y recursos.
c. Fijar
objetivos adaptativos: capacidad para fijar objetivos positivos
y realistas.
d. Solución
de conflictos: capacidad para afrontar conflictos sociales y
problemas interpersonales, aportando soluciones positivas e
informadas a los problemas.
e.
Negociación: capacidad para resolver conflictos en paz,
considerando la perspectiva y los sentimientos de los demás.
f.
Bienestar subjetivo: capacidad para gozar de forma consciente de
bienestar subjetivo y procurar transmitirlo a las personas con
las que se interactúa.
Inteligencia
emocional y competencia emocional
La inteligencia emocional es un constructo teórico del cual
deriva el concepto de competencia emocional, que es más
práctico. También se habla en plural de competencias
emocionales. Algunos ponen en cuestión la existencia de la
inteligencia emocional. Pero en general hay acuerdo en la
importancia de aprender competencias emocionales.
Saarni (2000: 84-85) critica el enfoque de la inteligencia
emocional dado por Mayer y Salovey (1997) por ser un rasgo y
poner el énfasis en las características de la persona. A cambio
propone el constructo de competencia emocional, que pone el
énfasis en la interacción entre persona y ambiente, y como
consecuencia da más peso al aprendizaje y desarrollo. La
competencia emocional toma en consideración, entre otros
aspectos, los valores y creencias de una persona en el momento
de la experiencia emocional.
Por
nuestra parte consideramos necesario distinguir entre dilemas
psicológicos y aplicaciones psicopedagógicas. La discusión sobre
el constructo de inteligencia emocional corresponde a la
psicología. A la psicopedagogía le corresponde aplicar los
resultados de la investigación psicológica. Independientemente
de las discusiones psicológicas sobre el constructo de educación
emocional, hay acuerdo en la importancia y necesidad desarrollar
competencias emocionales (Bar-On y Parker, 2000; Cohen, 1999;
Elias, Tobias y Friedlander, 1999, 2000; Elias et al. 1997;
Goleman, 1995, 1999; Saarni, 2000; Salovey y Sluyter, 1997, y un
largo etcétera). En este sentido nos referimos a la educación
emocional, donde uno de los objetivos es el desarrollo de la
competencia emocional.
Consecuencias de la competencia
emocional
A
medida que los niños y jóvenes van adquiriendo las habilidades
de la competencia emocional demuestran en su comportamiento las
consecuencias positivas que esto puede tener. La preocupación
por el estudio científico del desarrollo emocional es reciente.
Pero en los últimos años se han publicado significativos
estudios sobre el tema. Entre ellos están los de Asher y Rose
(1997), Denham (1999), Salovey y Sluyter (1999), Saarni (1999,
2000) y algunos otros, en los que nos basamos en esta
exposición. Saarni (2000: 78-81) expone las consecuencias
positivas de la competencia emocional en la regulación
emocional, bienestar subjetivo y resiliencia.
El
interés por las consecuencias de la competencia emocional en el
trabajo ha reclamado el interés de investigadores, formadores,
empresarios y técnicos en desarrollo de recursos humanos a
partir de los últimos años del siglo XX. Una constatación de
este interés es el siguiente. Teniendo en cuenta que en EEUU se
invierten más de 50 billones de dólares al año en formación en
la empresa (Cherniss, 2000: 434), la ASTD preguntó a un grupo de
50 compañías líderes en los respectivos sectores de actividad
profesional, si en su formación tomaban en consideración la
inteligencia emocional. La respuesta fue afirmativa en un 80 % (American
Society for Training and Development, 1997). Se ha constatado
como la competencia emocional afecta de forma significativa en
múltiples aspectos de la práctica profesional. Goleman (1999) se
ha ocupado particularmente de potenciar la competencia emocional
en el trabajo. En Cherniss (2000) se encuentra una revisión
general de las investigaciones sobre el tema.
El estrés y la ansiedad se consideran características
definitorias del siglo XX. Lazarus y Folkman (1984a) presentaron
un modelo transaccional del estrés que ha sido utilizado en
múltiples investigaciones posteriores. Las habilidades de
afrontamiento emergieron para hacer frente a las situaciones de
estrés. Se consideran habilidades de
afrontamiento a los esfuerzos que realiza una persona para
regular o controlar una situación estresante. Las habilidades de
afrontamiento han generado abundante literatura y han sido
motivo de atención preferente en psicología y educación (Lazarus,
1993; Snyeder, 1999; Zeidner y Endler, 1996). Las habilidades de
afrontamiento son una característica de la inteligencia
emocional. En los últimos años, diversas investigaciones se han
dedicado a comprobar los efectos de la competencia emocional en
la adaptación, y en concreto en conocer como las habilidades de
afrontamiento favorecen superar situaciones de estrés y por
consiguiente potenciar un mejor estado de salud y bienestar. Las
investigaciones en esta línea no están exentas de dificultades y
la novedad todavía no permite llegar a resultados concluyentes;
si bien son prometedores en el sentido de que la competencia
emocional ayuda a prevenir y superar las situaciones de estrés y
favorece la adopción de comportamientos saludables. Para una
actualización sobre el tema puede consultarse Mattews y Zeidner
(2000).
Competencia
emocional y bienestar subjetivo
A
partir de los años setenta se inició por parte de la psicología
social el estudio del bienestar subjetivo. Algunas revisiones de
los estudios realizados pueden verse en Strack, Argyle y
Schwartz (1991), Diener, Suh, Lucas y Smith (1999), Lazarus
(1991) y Bisquerra (2000: 173-223) entre otros. Diener et al.
(1999) concluye que entre los factores de bienestar están:
temperamento positivo, optimismo, minimizar lo negativo,
disfrutar de las relaciones de apoyo mutuo e ingresos
suficientes y/o accesibilidad a los recursos que permitan lograr
nuestros objetivos.
Saarni (2000: 80) argumenta que el bienestar subjetivo se
relaciona con la competencia emocional en el sentido de que la
habilidad de la autoeficacia emocional facilita el bienestar
subjetivo, ya que supone aceptar la propia experiencia emocional
como justificada y valiosa. La investigación con niños y
adolescentes sugiere que la autovaloración positiva estimula el
sistema emocional y motivacional de tal forma que creencias
positivas sobre sí mismo se asocian con un mayor afecto positivo
y una persecución de objetivos importantes (Harter, 1999). Desde
este punto de vista, una alta autoestima puede funcionar como
amortiguador cuando el individuo se siente mal: uno reconoce que
se siente mal en este momento, pero este estado emocional
negativo tiene sentido y es apropiado a las circunstancias.
El
estudio del bienestar subjetivo en los niños es muy limitado.
Muchas veces se utilizan otras expresiones: autoestima,
regulación emocional, etc. Saarni (2000:81) y Fabes et al.
(1999) concluyen que el bienestar subjetivo está presente en los
niños con competencia social y evitar con éxito la activación de
emociones negativas en situaciones sociales de gran intensidad.
Estudios recientes (Kaplan y Maehr, 1999) relacionan el
bienestar con el rendimiento académico.
El
desarrollo de la competencia emocional
Las competencias
técnicas siguen siendo importantes. Pero las empresas y las
necesidades sociales inducen a reconocer la necesidad de otro
tipo de competencias, que todavía no ha recibido una
denominación de aceptación unánime. Por nuestra parte proponemos
el término de competencias emocionales.
La
perspectiva del desarrollo de competencias emocionales asume que
todas las personas en general pueden mejorar su bienestar a
través de la adquisición de una serie de competencias tales como
conciencia emocional, regulación de las emociones, ser más
responsable, tomar decisiones conscientes, tener habilidades de
resolución de conflictos, habilidades de afrontamiento frente a
los retos de la vida cotidiana (estrés, conflictos, pérdidas,
etc.), etc. (Durlak y Wells, 1997; Graczyk et al. 2000).
En
último término la competencia emocional debería enfocarse como
un recursos para gozar de mayor bienestar. Cowen (1998) propone
cinco estrategias emocionales para potenciar el bienestar: 1)
animar el desarrollo de un compromiso positivo entre el niño y
sus cuidadores (padres, profesores); 2) ayudar al niño a
adquirir habilidades de desarrollo preeminente (por ejemplo
hacer amigos, comunicación efectiva); 3) enseñar al niño a
afrontar los estresores; 4) ayudar al niño a comprender y sentir
que está en situación de controlar su destino; 5) favorecer que
los niños puedan disfrutar de entornos potenciadores de
bienestar.
El
desarrollo de competencias se dirige a todo el alumnado, y no
solo a los grupos de riesgo. Prevención y desarrollo confluyen
en este sentido (Weissberg y Greenberg, 1998). Conviene insistir
en lo difícil que resulta adquirir competencias. No es lo mismo
comprender, memorizar y expresar unos conocimientos, que
utilizar competencias apropiadas en el momento oportuno. Gagne
(1965) expuso la distinción entre la adquisición de conceptos y
habilidades. Estas últimas requieren mucho más tiempo para
llegar a dominarlas. Se requiere mucha práctica, feedback y
aplicación en contextos diferentes. Una competencia no se
adquiere con la simple exposición del profesor o con la lectura
de un libro. Pensemos en las competencias que hemos adquirido,
por ejemplo conducir un coche, utilizar el ordenador, hablar
inglés, cocinar, practicar un deporte o cualquier habilidad
profesional. La competencia lingüística ofrece un buen ejemplo.
Fijémonos en estas dos preguntas frecuentes: ¿tiene usted
hijos?, ¿tiene usted marido? Si la primera se dice en singular y
la segunda en plural serían indicador de incompetencia
lingüística. La competencia va más allá de la corrección
gramatical. Para llegar a adquirir una competencia con escuchar
o leer, sino que hay que practicar durante mucho tiempo.
Al
aplicar este razonamiento a las competencias emocionales, hay
que añadir dos factores adicionales: a) solamente cuando una
habilidad se domina muy bien (sobreaprendizaje) es accesible de
forma automática en situaciones de estrés; b) desaprender o
corregir a veces es más difícil que aprender. Esto significa que
cuando un alumno está en los niveles intermedios o superiores
del ciclo educativo, ya ha adquirido una serie de hábitos de
comportamiento que no siempre son los más apropiados. Esto
supone una situación diferente del aprendizaje de otras materias
donde el alumno parte de cero. Por esto, el desarrollo de las
competencia emocionales debería iniciarse en la educación pre-escolar
i prolongarse hasta la educación superior. Inspirándonos en
Antunes (2001: 100) podemos considerar los rasgos de la tabla
siguiente en el desarrollo de las competencias emocionales a lo
largo del currículum.
|
Desarrollo secuencial de las competencias
emocionales |
|
Educación infantil |
Educación primaria (1º ciclo) |
Educación primaria (2º ciclo) |
Educación primaria (3º ciclo) |
ESO (1º ciclo) |
ESO (2º ciclo) |
Secundaria post-obligatoria |
|
Favorecer el autodescubrimiento y después,
progresivamente el descubrimiento de los demás.
Valoración de las emociones del niño.
Juegos de socialización.
Implicación de los padres en la valoración de
las emociones del niño y en responder a ellas de forma
apropiada.
|
Continuación de las actividades iniciadas en
la etapa anterior.
Ayuda para que el niño perciba e identifique
sus emociones.
Empleo de circunstancias emocionales como
medio de transmisión de experiencias.
Adquirir habilidades sociales.
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Continuación de las actividades iniciadas en
la etapa anterior.
Ayuda para que el niño perciba e identifique
las emociones de los demás.
Implantación de un programa de verbalización
y denominación de las emociones y sentimientos.
Adquisición de un vocabulario emocional.
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Continuación de las actividades iniciadas en
la etapa anterior.
Desarrollar programas de alfabetización
emocional: conocimiento de las emociones, tipos de
emociones, regulación emocional, etc.
Favorecer que el niño resuelva sus problemas
emocionales por sus propios medios. |
Continuación de las actividades iniciadas en
la etapa anterior.
Ejercicios y actividades de educación
emocional diversas: asertividad, resistir a la presión de
grupo, control del impulso, tolerancia a la frustración,
etc.
Aprender a automotivarse a partir de la
emoción.
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Continuación de las actividades iniciadas en
la etapa anterior.
Desarrollo del autoconcepto y autoestima.
Desarrollo progresivo del autoconocimientoy
de la autoestima.
Desarrollo progresivo de la empatía y de las
actitudes pro-sociales.
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Continuación de las actividades iniciadas en
la etapa anterior.
Educación emocional y desarrollo moral:
desarrollo del juicio crítico,
autocrítica para mejorar, aceptación de
puntos de vista distintos, respeto a la diversidad, etc. |
Elias
y Butler (1999) proponen una serie de pasos para la adquisición de
competencias socio-emocionales, que resumimos en los siguientes
términos:
I. Romper el hielo.- Empezar por una actividad
introductoria y orientadora que sirva para romper el silencio. Por
ejemplo: ¿Habéis leído o visto en la televisión que una persona ha
ganado 20 millones de euros en la lotería? ¿Qué harías tu si te
pasase lo mismo? ¿Cómo te sentirías? Es apropiado iniciar la
sesión con una noticia interesante o con una breve historieta.
II.
Introducir conceptos y definiciones previas.- Se repasan
brevemente los puntos esenciales de las clases anteriores,
relacionándolos con situaciones de la vida real. Por ejemplo:
recordad situaciones desencadenantes o que hayan disparado (trigger
situation) vuestra ira.
III.
Introducir la habilidad a adquirir y motivar para que sea
utilizada.
IV.
Describir y modelar la habilidad descomponiéndola en sus
componentes elementales.- Por ejemplo, para adquirir la habilidad
de mantenerse en calma (keep calm) en situaciones de estrés hay
que seguir estos pasos: 1) decirse a sí mismo: stop; 2) decirse a
sí mismo: mantén la calma; 3) respira profundamente; 4) elogiarse
a sí mismo por mantener el control.
V. Memorizar los pasos elementales de la
habilidad.
VI.
Practicar la habilidad con feedback continuo.
VII.
Transferir la habilidad a las situaciones de la vida cotidiana.-
Esto implica asignar tareas para realizar en casa, en las
relaciones sociales, con los compañeros, etc. La utilización de
portafolios es útil en esta fase.
Por una educación emocional
fundamentada
La
educación emocional se propone, entre otros aspectos, el
desarrollo de la competencia emocional. En otras ocasiones hemos
expuesto con cierto detalle el concepto de educación emocional, su
fundamentación, los objetivos, contenidos, metodología, así como
sus efectos en el bienestar (Bisquerra, 2000). Consideramos
oportuno añadir algunas ideas más que apoyen la importancia y la
necesidad de una educación emocional, que puede girar entorno de
la acción tutorial.
En la educación
obligatoria, no se debería producir una yuxtaposición entre las
materias curriculares ordinarias y las competencias de desarrollo
personal (competencias socio-emocionales, genéricas,
transversales), sino una integración sinérgica de ambas
dimensiones, de tal forma que se potencien mutuamente. Los y las competencias emocionales están interrelacionados; no son
compartimentos estancos. Lo que cuesta llegar a aceptar es que los
conocimientos académicos se aprenden mejor si el alumnado está
motivado, controla sus impulsos, tiene iniciativa, es responsable,
etc. Es decir, si tiene competencias emocionales. Si los
educadores llegasen a esta conclusión, probablemente se daría un
paso importante hacia la innovación educativa.
Las aportaciones de
la neurociencia al conocimiento del cerebro emocional han sido
espectaculares en la década de los noventa. De las múltiples
implicaciones que de ello se deriva para la educación emocional
vamos a destacar algunas a título de ejemplo. Desde el punto de
vista neurofisiológico, la cognición y la emoción están más
relacionados de lo que se creía en tiempos anteriores. La corteza
cerebral (funciones cognitivas superiores) y el sistema límbico
(emocional) están interconectados; también lo están el
hemisferio izquierdo (racional) y el
derecho (emocional). Se sabe que el cerebro va madurando a través
de experiencias. Todo esto sugiere la conveniencia de proporcionar
educación que estimule el crecimiento cognitivo y emocional de
forma complementaria. De lo contrario se estimula la maduración de
ciertas partes del cerebro en detrimento de las demás.
La
respuesta emocional es global. Afecta a todo el organismo. Como
consecuencia de una emoción, nos podemos comportar de forma
impulsiva.